Prosa

Cristales

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Sus cabellos estaban cada vez más rizados, como si se quisieran hacer el amor eternamente entre ellos. Los rizos bailaban un tango sobre su espalada desnuda, con paso ligero, con movimientos armónicos pero contundentes, sin vacilos, sin las inseguridades que tantas veces nos habían hecho de compañeras de viaje.

Blanca de vida, blanca de muerte. Blanca de la inocencia interrumpida. Palidez de la belleza. Lunas de la tierra, inmensidad de la luz adornada con unas pestañas que hacen surf por encima de las puertas de su alma. Beber la belleza, tener las llaves de todos los rincones. Rincones de belleza, de mañanas enteras, de complicidades de persianas, bajadas, de caricias que redimen.

Un cabello largo, de música. Líneas de serpientes. El cuerpo, el recuerdo, la culpa.

Matar a la belleza, matar a las serpientes, a los bailes, a los tangos del Cisne. Lirismos inútiles que luchan contra el suicidio. La imagen, imborrable, de ese hilo de sangre que recorre, caliente, poco a poco el camino de un rostro eterno. Mi coche aplastado. Los cristales. Mi exceso de velocidad. Mi vida que comienza y acaba. Ya sin blanco, ya sin inocencia, ya sin el laberinto por donde nunca me perdía.

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