Prosa

Emma

Escrito por

Los ojitos que quieren abrirse, al máximo, para no perderse nada de la acción, de la obra de teatro, como si ya supieras que lo mejor está en los actores secundarios. El rizo encima de tu frente, el rizo de toda una señora de pocos meses.

La música de oírte, paso a paso, cuando protestas, cuando ríes, cuando exiges. Mozart, de fondo, intentando hacer que duermas, que descanses. Tus balbuceos constantes, que no son más que un intento renovador de cambiar los discursos repetitivos y caducos de los que nos hacemos llamar mayores. El sonido de tu corazón que ahora marca el ritmo de los otros corazones.

La vida huele a vida. El olor a lo nuevo, a la fuerza de querer vivir. Es el olor de la inercia, de la voluntad, de comerse el mundo sin saber que, tarde o temprano, siempre indigesta. La mirada limpia, sin el terror, reflejado, de las guerras, de la pobreza, de las enfermedades que nos enseñan por televisión hasta el día que se presentan en la propia casa.

Dulce. Muy dulce. Tu abrazo dulce.

Un tacto de leche, de la firmeza que tienen los pétalos de las rosas, de las caricias de los adolescentes, de las olas que irrumpen en las costas. Un tacto que se aferra a la vida porque es el tacto de la vida misma. La vida que viene (ya era hora) para presentarse, para decirnos que existe, que no era una utopía, que ésa es ella.

El equilibrio de tu alma, el alma que hace bailar, en la plaza del pueblo, a los sentidos, a la vista, al oído, al olfato, al gusto y al tacto. Todos están contentos. Hoy ha comenzado la fiesta mayor, después de demasiados duros inviernos. El verano, nuestro verano, siempre será anunciado, a partir de ahora, por tu hermosa sonrisa.

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