Poesía

Tirso

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-¡Viva Zapata!
-¡Aunque viva muy lejos!- respondió Tirso. Luego se rió.
-Tirso, hay un tío que dice que te ha pegado una paliza. Lleva
un tatuaje en el cuello que pone “cara de loco”.
Tirso caviló durante diez minutos sobre quién
podría haber dicho eso.
Pidieron dos cervezas e hicieron dos largos tragos.
Bien fría, recién sacada del barril.
Aunque la fuente era fiable y a él nunca nadie le había pegado aún,
y menos una paliza, se olvidó del asunto.
Tres mil cervezas después, cuando estaba de visita en otro tugurio,
se encontró con un conocido que hacía tiempo que no veía.
Éste llevaba tatuado en su cuello “cara de loco”.
Tirso caminó hacia él.
-¡Hombre, cuánto tiempo!
-¡Ei, hola Tirso, qué tal!
-¿Puedo hablar contigo un momento fuera?
-Claro que sí, vamos allá.
Al llegar a fuera Tirso le pegó una potente bofetada.
-¡Hijoputa! ¿Qué me han dicho que vas diciendo por ahí?
¿qué me has dado una paliza? ¡Dilo ahora si tienes cojones! ¡Dilo!
-No, Tirso, yo nunca he dicho eso… de verdad… te lo juro, de verdad… bueno sí… lo dije una vez… pero iba taja.
Tirso le pegó dos bofetadas esta vez.
-¡Toma hijoputa! ¡Los que van tajas dicen la verdad,
tu entonces eres un mentiroso al cuadrado!
El pobre desgraciado le pidió perdón y Tirso se fue de allí
para no tener que pegarle más.

Tirso, el pescador. El que quita trascendencia a la muerte.
El que dice que sólo se muere una vez,
que no hay que tenerle miedo a la muerte,
y que el que teme a la muerte muere un poco cada día.
El hombre que dice que cuando muera morirá “de golpe”,
que lo verdaderamente doloroso es el tránsito hacia ella,
no la muerte en sí.
Tirso, la cultura de bar contemporánea,
el que dice lo mismo que Quevedo con menos palabras,
el hombre de las manos de hierro,
desproporcionadamente grandes,
el David de Miguel Ángel convertido en pescador.
Tirso, digno sucesor de Bukowski.
Tirso, el hedonismo personificado.
Tirso, aquí tienes un amigo.

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