Prosa

Ratas

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Dedico gran parte de mi tiempo a mi trabajo estúpido, en mi despacho estúpido, en el centro de la ciudad estúpida donde vivo. Es un despacho, como todos los despachos, frío, con una enorme mesa de escritorio, llena de papeles que aún no entiendo y con un ordenador con pantalla plana. Estoy encerrado en una especie de jaula de cristal, desde donde veo la tienda que, más o menos, gestiono desde esa pantalla plana.

Yo no entiendo mucho de animales. No sé que animales son los más sigilosos, los que hacen menos ruido al desplazarse. Pero, al nacer en un barrio marginal de la estúpida ciudad de la que os hablaba, reconozco muy bien el sonido que hacen las ratas al moverse. Es como un silbido, constante, que si no lo reconoces a tiempo, podrías creer que es el sonido de cualquier tubería antigua.

El despacho está tranquilo, hoy. No ha habido demasiado trabajo y me pongo algo de música. La radio, no. Me la he prohibido a mi mismo. Ya no existe la radio, sólo televisiones sin imagen. Son lo mismo, los programas se realizan igual, con los mismos anuncios, con los mismos presentadores, incluso.

El silbido de la rata está cerca. Sin hacer de ello un acto consciente, sigo el ruido sin dejar de teclear mi ordenador. No pienso si será una rata, no pienso si será una tubería. Únicamente, sin despistarme, sigo el ruido. Quién sabe. Por si acaso.

Cada vez tecleo más rápido. El silbido también cada vez es más rápido. Se acerca a mí, por detrás. Más rápido, tecleo y se acerca el ruido. Intento acabar la frase que estaba escribiendo como puedo. Le doy al Enter y, sin saber porqué, con el pie, apago bruscamente el ordenador. En ese momento, se detiene, también, el silbido. Me giro y veo a mi jefe. Casi me descubre chateando con el Messenger, pero las ratas no sólo se escuchan, también huelen.

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