La meritocracia

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En la Edad Media la pirámide social estaba constituida desde el fundamento de un orden religioso por lo que el estatus, correspondiente a cada ciudadano, era inamovible, sin depender de sus correspondientes esfuerzos. La identidad venía dada por el simple hecho de nacer, sus integrantes no tenían la opción para crear falsas expectativas ilimitadas evitando así, el consecuente peligro de poder caer en la frustración al pretender conseguir más de lo que realmente se podía, a causa de una distorsión entre nuestras posibles potencialidades y lo que somos de hecho.

La problematicidad sobre el éxito y su consecuente estatus ha ido creciendo en nuestros días por la falsa creencia de pensar que la mayoría partimos de una misma base con parecidas oportunidades, considerando al “perdedor” actual más merecedor de su fracaso que el supuesto “perdedor” de la Edad Media. Es por ello que nuestra autoestima exige más que nunca una dependencia de las consideraciones externas, que serán las que reafirmen y den sentido a nuestras pretensiones y su consecuente realización representado por el correspondiente estatus social.

Como se ha visto, esta escala de valores referente al estatus es totalmente aleatoria, va cambiando según la sociedad y su período histórico. Ya no tiene sentido dentro de nuestra sociedad esos anacoretas que seguían la humildad de Jesús o aquella valentía de los hombres que se batían en duelo por su honor. Lo que triunfa en nuestra época parece ser fruto de una mentalidad esnob, que a su vez proviene de aquella revolución burguesa, dando mérito básicamente al poder y al dinero, indiferentemente del sexo y de la raza.
Es posible que en nosotros quede aún la remota posibilidad de seguir o no esos dictámenes.

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1 Comment

  • Bien, Pilar…. bien….
    Interesante texto.

    La escala de valores, a veces, se comporta como una escalera de horrores…

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