Prosa

Universidad

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Unos sesenta exámenes superados, aproximadamente. Unos veinte seminarios sobre filosofía oriental. Unos cuarenta y cinco trabajos sobre antropología y ética. Doscientos cincuenta lecturas sobre ontología y epistemología. Unas noventa conferencias acerca del concepto de ataraxia. Unas diez reseñas sobre bibliografía imprescindible. Estética y crítica de la estética.

Platón, Kant, Schopenhauer, Nietzsche, Heráclito, Foucault, Sartre, Camus, Aristóteles, Demócrito, Pitágoras, Protágoras, San Agustín, Santo Tomás de Aquino, Ortega y Gasset, Parménides, Anaxágoras, Anaximandro, Occam, Erasmo, Avicena, Descartes, Hume, Vattimo, Ricaur, Freud, Chomsky, Terricabras, Spinoza, Deleuze, Wittgenstein, Carnap, Zambrano, Unamuno, Taylor, Benjamin, Adorno, Berkeley y todos los demás, que ya estoy comenanzando, voluntariamente, a olvidar.

La doxa, la analítica, el a priori, con su posteriori, la entelequia, el dogmatismo y el devenir. El imperativo, sea categórico o no, la libertad, la praxis, la referencia y la virtud. La verdad, y cómo no, el primer motor. La observación, la metafísica, el lenguaje, la justicia, la voluntad de poder, la dialéctica, el cogito, la fenomenología y el gnosticismo.

Todo ha acabado. Términos que se morirán en el cementerio de los diccionarios cerrados. Obras de arte que sin su interpretación son objetos absurdos. Ahora podré volver a ser humano, sin tener que pararme a pensar, a cada segundo, qué significa realmente eso. Ahora podré, por fin, hacerte el amor libremente, sin los prejuicios que crean todas las teorías que intentan acabar con los prejuicios. Ahora, sí, podré detenerme frente a ti. Mirarte. Quererte. Todo sin semántica. Sólo sintiendo esa potencia de notarme vivo cada vez que me veo reflejado en tus gigantescos ojos de muñequita de porcelana.

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