Prosa

Hambre

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Dicen que el hambre es lo peor. Con hambre, la buena gente, la gente de fiar, la gente generosa, se vuelve egoísta, violenta, fuera de sí. El hambre es malo porque el hambre nos vuelve a los orígenes más bárbaros, volvemos a ser ese animal de caverna que sólo se preocupa por sobrevivir. Ya no nos importa el fútbol, ni Marbella, ni la música del Canto del loco, ni la televisión del mediodía con acento sudamericano.

Yo quería conocer qué se siente al tener hambre. Era curiosidad, de verdad. En casa nunca hemos sido ricos, pero tampoco se puede decir que hemos pasado hambre. Todos sabemos qué es tener hambre, pero no todos sabemos qué es estar enfermos de hambre. Se trata de la necesidad de la comida, de la necesidad animal, vital. Eso quería experimentar yo.

El experimento era sencillo. Quería comprobar, durante un fin de semana, qué sentía el cuerpo sin comer absolutamente nada. El viernes fue, relativamente fácil. El sábado, a la noche, ya me comencé a sentir algo mareado. El domingo, sin que se dieran cuenta mis padres, no probé tampoco bocado. La semana comenzaba terriblemente. No paraba de mirar la nevera, caminaba por todo el piso sin saber qué hacer. Quería llegar hasta las últimas consecuencias. Quería intentar llegar, sin comer absolutamente nada, al próximo fin de semana.

Llegué al viernes con bastantes kilos menos, y con muy poca fuerza. De hecho, aún no sé cómo tuve fuerza para comerme de cuajo a mi perra que paseaba por mi habitación. Tampoco puedo entender de dónde saqué las fuerzas para comerme a mis padres, casi a la vez, y como, por último, puede comerme a mí mismo poco a poco. Comencé por las piernas, seguí por los brazos, por el tronco y, cuando ya no llegaba a ninguna parte más, me devoré mis propios labios, que estaban tan sabrosos como los de un verdadero adolescente.

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2 Comments

  • Tiene un magnetismo que arrebata la atención hasta el final. Divertido ese cambio kafkiano y reflexivo, realmente hay mucho meollo detrás.

  • Muchas gracias, Alma.

    Eres muy amable.

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