Érase una vez

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Érase una vez un hombre, inseguro por naturaleza, que escuchaba los mitos al anochecer como si de una canción de cuna se tratara. Seguía con interesada mirada las historias que narraban el origen de aquel mundo desconocido, porque conseguían resguardarlo de ese temible miedo ante tanta oscuridad. La armonía de esas nanas, no sólo consiguieron dormirle sino, también, despertarlo con mayor confianza ya que, por fin, comprendía el por qué y el cómo existía su entorno. Esto fue motivo suficiente para jamás silenciarlas.

Pero el tiempo, enemigo de la memoria, transcurrió, y esas melodías casi inocentes, necesarias para sobrevivir, se fueron quedando en el olvido. La estación de los mitos se fue sin sentir apenas nostalgia.

Ese hombre, inseguro por naturaleza, pudo vencer su luto, porque, en su mayoría de edad, se había vuelto demasiado seguro de sí mismo, ejerciendo un uso, casi exclusivo de la racionalidad para comprender el mundo que le rodeaba. Y así fue como consiguió un conocimiento tan exacto que le hizo sentirse por momentos el máximo exponente del poder.

Un poder que le hacía confiar en el progreso humano, en la paz perpetua, en la dominación de la Naturaleza, en la omnipotencia absoluta, y en su consecuente libertad. ¡Pobre Voltaire! El verano asfixiante sucumbió, y con él la claridad de la idea, del concepto que ordenaba el estado confuso del mundo y del yo, enajenando todo aquello en una difuminación de laberintos abstractos.

Aquél hombre, inseguro por naturaleza, y ahora también desesperado, intentó recuperar del olvido aquellos mitos como último recurso para poder continuar con su comprensión. Entre los escombros de basura y con la ayuda de una linterna consiguió recuperar algunas migajas. (El mito volvió a ser más que un simple recuerdo, Auschwitz nos lo demostró).

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