Prosa

Periodismo

Escrito por

Soy un afortunado. Y lo sé. Lo reconozco. Lo admito. Trabajo como columnista de un prestigioso diario. Una columna de doscientas treinta y cinco palabras. O sea, algo más de mil caracteres. Una columna en medio del periódico, con mi foto, y un título genérico, irónico e ingenioso.

Soy afortunado porque tengo un trabajo, radicalmente, útil. Soy un servicio, imprescindible, para la sociedad en la que vivo. Cada vez que enchufo el ordenador, cada vez que escribo la primera y la última frase de mi columna, me siento bien conmigo mismo. Estoy haciendo algo que sirve para los demás. Tampoco me voy a autodefinir como altruista, pero, porqué no, me puedo definir como humanista. Trabajo por y para los hombres.

Tengo amistades dentro de la esfera intelectual más prestigiosa del país, y de parte de Europa. Filósofos, poetas, historiadores, politólogos, artistas, escritores… Todos publican ensayos, obras completas, libros puntuales, realizan conferencias. Y todos coinciden en intentarme convencer para que deje el periodismo del día a día. Dicen que hace que no me concentre en hacer una obra mayor, más importante. Algo serio.

No tienen la culpa. No se han dado cuenta de la importancia de mi trabajo. De lo útil que es mi columna para todos mis conocidos, mis vecinos, y para los vecinos de mis vecinos. No han comprobado cómo mi columna, que ellos creen tan superficial y vana, es parte de la vida diaria de nuestra sociedad. Los obreros envuelven sus bocadillos, los trabajadores de la limpieza utilizan mi columna para que no quede la marca de cuando les pisa el suelo algún desgraciado, justo después de haber estado fregando. Incluso, para mí, es imprescindible. Por ejemplo, hoy no he tenido tiempo para ir a comprar. Me he quedado sin papel de baño. Era una columna un poco basta y rasposa, pero, seguro, imprescindible en un momento como ése.

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