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Hoy no voy escribir sobre filosofía. Para qué filosofía. ¿Sirve la filosofía cuando se está embriagado? Quizás para llenar algunos silencios incómodos. Spinoza sonaba en mi boca como una falacia, no sentía ni siento en mí esa ética demostrada de manera axiológica. Tampoco su panteísmo a pesar que, me siento en plena comunión con ese merengue que Rosa acaba de sacar del horno de la panadería que hace esquina con la calle perpendicular de mi nuevo piso donde a veces cojo el bus para ir a la facultad. Hoy todo me sabe a dulce.

Sólo estoy “ciega, la vida nueva es como un verso al revés…”. Suena música mientras voy escribiendo. Silvio, nuestro Silvio, siempre en los momentos más tiernos. Realmente es la inconsciencia del instante, buscando palabras en los armónicos porque “la guitarra del joven soldado es recluta también”.

Ayer por la noche acabé de pensar en todo lo sucedido. Una y otra vez sin cesar. Remolinos que te envuelven en un caos maravilloso. Un caos de sensibilidad sin margen para la palabra, tan solo para la magestuosidad de Carmina Burana. Ríos de lava dionisíaca que arrasa cualquier superficie. Todo lo que era es ahora, lo sientes, lo experimentas, arrebatando el espacio al presente. Aún saboreo ese merengue de la esquina. Rara experiencia es el recordar, una fusión de actuales con virtuales que parecen ser reales.

Incluso me atrevo a entender a Kierkegaard. Ese ser que es y puede que no sea, su desesperación, sólo posible cuando estás embriagado. Es el olor de la filosofía. Olor a merengue. El olor de los recuerdos cuando recuerdas esos recuerdos.

Tengo que ordenar la carpeta. Los libros los devolveré mañana.¿Quién habrá llegado?.- ¡Hola! Nada, escribiendo algo. “…Yo me muero como viví, como viví…”. Maga observada desde la ventana por Horacio. Es el olor a Rayuela.

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4 Comments

  • Precioso artículo con Maga, Silvio y Kierkegaard, …

    Me ha gustado mucho cómo está escrito.

  • ¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

  • Cada día mejor…

  • Gracias.
    Una novela se puede medir desde muchos parámetros, pero el inicio es fundamental, es el símil de nuestras primeras experiencias porque son las que comienzan a hondear desde la nada.

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