Naturaleza muerta

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A Kant no sólo se le puede leer sino también se le puede escuchar, oler, saborear y hasta tocar, por mucho que hayan caído en desuso algunas de sus teorías. Desde el pedestal de nuestro presente es fácil criticar a un pensador del s.XVIII eclipsado por las luces, pero que complejo es, sin embargo, buscar aquello que le hizo transgresor, aquello que le llevó a ser estudiado hasta en los manuales de instituto.

Cuando observamos un Pollock, leemos a Kant, o cuando parece que sólo miramos un Monet, también leemos a Kant, a su Crítica del Juicio concretamente, aquella que liberó por vez primera, y gracias al anticipo de “La Querelle”, al espectador de su mera función contemplativa. El sujeto se despertaba ante lo sublime de la Naturaleza como un agente activo en el arte y gracias a esta puesta en escena del espectador, la filosofía del gusto empezaba a saborear su protagonismo.

Este nuevo rol del sujeto no estalló como un hecho aislado, sino que contagió tras de sí a la obra, a su belleza, ahondando hacia una nueva concepción de arte, porque ya no valía esa interpretación única, sino solamente aquello que nos hacía evocar. Se vislumbraba a lo lejos el nuevo conocer de la estética, esas primeras aportaciones sobre lo específico en lo artístico que intentaban averiguar esa línea imaginaria que separa el arte de lo que no lo es. Y cogido de ambas manos (del espectador activo y de la obra que evoca) entró la figura del genio, considerado el artesano con un “geist” innato que le lleva a un estatus inalcanzable.

A pesar de la gran aportación kantiana a la estética, ésta no se llegó a equiparar a la filosofía del arte hasta Hegel, porque en Kant lo sublime aún no había dado el salto hacía lo estrictamente artístico (aquello creado por el hombre y no por Dios), anclándose en lo natural. Pero fue sin duda quien sembró el umbral del arte tal y como lo conocemos hoy.

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