Adagio para cuerdas

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¿Cómo, cómo, cómo?
¿Que pasa aquí?
¿Donde están tus manos, tus ojos y tu voz?
Solo percibo un llanto,
mezclado con las notas de un adagio para cuerdas,
cuerdas enloquecidas en su calma,
tranquila – calma -quieta…
embrujo que lastima oídos,
y aleja odios,
acordes confabulados con el olvido para matizar el pasado…
¿Cuantos decibeles son necesarios?
¿Cuántas voces le faltan al coro…?
Sal, no llores más, acércate…

¿Necesitamos hablar para entender…?
No, no, no…
Anda, dialoguemos desinhibidos,
con dialecto de miradas y caricias,
conjuguemos los verbos del placer,
en todos los tiempos,
sobre los senos:
mordí, muerdo, morderé;
abre las piernas:
lamí, lamo, lameré;
con tu mano:
masturbaste, masturbas, masturbaras;
repitamos cuantas veces queramos,
cuantas albas nos sorprendan…

¿Escuchas…?
Si, si, si…
Lo sabemos,
soy hombre de historias rotas,
descompuestas,
escapo disfrazado de escriba,
mudo y sigiloso narrándote,
desfiguro mi rostro en el espejo,
cómplice del mal que me aqueja,
vago, paranoico y sátrapa,
axial sobre la espina dorsal,
navego y llego a tus nalgas,
preparo el falo y te fornico,
con el movimiento voy nafrándote,
tus gemidos piden auxilio,
te perderás, me perderé…

Bien, ya no lloras, ahora ríes…
¿Te cuento lo que siento cuando te sientas de espaldas sobre mis piernas desnudas?
¿O prefieres conocer la opinión de mi cintura acerca del abrazo de tus muslos?
¿Quieres que te revele la ansiedad de mi falo cuando vago por tus senos?
¿O solo te interesa gozar el travieso jugueteo de mi lengua con tu vulva?

Anda, dialoguemos desinhibidos,
con dialecto de miradas y caricias,
acompañados con las notas de un adagio para cuerdas,
cuerdas enloquecidas en su calma,
tranquila, calma, quieta,
no hay prisa,
ya estamos crucificados…

Mauricio Mendoza.

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