Prosa

Libros

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Menos de un año trabajando en la revista literaria del centro de Barcelona da para mucho. Mucho son entrevistas a autores, editores y gente del mundillo. O sea, poca cosa. Muy poca. Casi nada relacionado con la creación de mundos literarios. Mucho marketing, mucho discurso repetido y muchas entrevistas con las mismas preguntas y las mismas respuestas.

Tenía que ir a entrevistar a un autor juvenil. Qué asco, como si la literatura juvenil fuera un género independiente. Como si existiera. Como si no fuera un producto más para idiotizar a los adolescentes, y tratarles de imbéciles con acné. Era un de los mejores, me dijo el editor.

La vida da muchas vueltas, dicen. Y, más, si bebes. Pero aquél autobús, que tuve que coger en una estación perdida en el medio de Cataluña, daba más vueltas aún. Llegué diez minutos antes de lo previsto. Me senté en el bar donde habíamos quedado y almorcé un bocadillo de jamón (algo bueno tenía que tener este trabajo).

El escritor X llegó veinte minutos tarde. Me dijo que era despistado y que lo sentía mucho, pero que tenía muchas cosas en la cabeza (todos lo hacen). Le pregunté lo de siempre: qué relación tiene la literatura con tus lecturas de infancia, cuáles son tus principales influencias, qué supone el hecho de escribir para niños, y esas obviedades. Casi me duermo.

Lo interesante vino después. Le pregunté por su pseudónimo literario. Se llamaba Dehorta. Lluís Dehorta. Había nacido en el barrio de Horta de Barcelona, y el apellido Mendoza (que era el suyo de verdad) ya estaba muy trabajado. El barrio de Horta es muy conocido en la ciudad condal. Está justo al lado del Valle Hebrón, donde mi madre nació, creció, conoció al estudiante de derecho que después se convertiría en un escritor para jóvenes. Todo encajaba. En el mismo bar le reventé la cabeza golpeándolo con su libro más reconocido, el que mi madre soltera me leía de niño.

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