Prosa

Botas

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El dedo índice está casi deformado de toda la mañana teclea que teclea. El monitor está caliente y la torre no ventila bien. Llaman al teléfono, otro artículo en menos de veinte minutos. Ya lo haré a la tarde, ahora no tengo ganas. Tengo que prepararme la entrevista, también. Sí, soy de esos bichos raros que aún se preparan las entrevistas…

Guardo los dos Words que tenía abiertos y comienzo a cerrar pestaña por pestaña el Firefox. No sé por qué, pero tenía abierto el Google también con el Explorer. Inicio. Apagar. Qué sí, que apagar. Este ordenador cada día va peor. Tengo que llamar al informático, pero hablar con informáticos, todo el mundo lo sabe, puede ser gravemente perjudicial para la salud. Peor que el tabaco. Digo adiós a los que tengo al lado. Hasta ahora (ojala fuera hasta siempre). Salgo por el pasillo, cierro la puerta y me cruzo con el comercial. Sin comentarios.

Sólo hay un piso, pero cojo el ascensor. Es lunes, y la vida pesa. En la parte que da a la calle, la del portal, me encuentro al jefe. Tiene ganas de hablar y yo lo despacho regalándole el periódico. No me interesan las crispaciones a mí. Ya estoy suficientemente crispado conmigo mismo.

Cruzo la calle y veo a la misma chica de siempre. Morena, con un cabello largísimo, liso, brillante. Como cada día, viste de una manera espeluznante, con unas botas con pieles de borrego por encima de unos tejanos llenos de brillantinas. Es suficiente para imaginarme su cuerpo como si fuera mío. Me acerco, hoy sí, y le pregunto si se quiere casar conmigo. Me dice que no. A la noche, la violo cuando sale de la tienda de móviles donde trabaja. Las botas cada vez me parecen más horrendas. Las relleno con su piel, de borrego.

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