La madriguera feliz

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El señor topo, zapador incansable, se pasa la vida excavando un estrecho túnel a ciegas, armado con un pico y con su sola determinación. Un día el señor topo topa con un inesperado obstáculo. En su misma dirección venía la señora topo, también pica que te picarás y no son sino sus picos los que chocan a tientas, haciendo saltar chispas. Ambos retroceden, cautelosos y algo molestos, pues muy rara vez las secretas galerías de los topos topan tan de pleno: alguna ley euclidiana hace de las suyas, si no cómo se explica esa tendencia subterránea a discurrir en paralelo y a lo sumo cortarse en un punto, para salirse por la tangente procurando estorbarse lo menos posible. De este modo, una red universal y secreta de túneles se trama por el vasto subsuelo. Tras el olisqueo previo, el señor y la señora topo celebrarán la coincidencia con el saludo esquimal, ritual que, como todo el mundo sabe, consiste en frotar un hocico contra el otro mientras negamos encarecidamente con la cabeza. La emoción del saludo provoca que la tierra se esponje y se airee, ensanchando el túnel. Al sacar la cabeza por el agujero nuestros topos descubren, deslumbrados, que no eran ciegos, sólo que no alcanzaban a ver el horizonte más allá de sus hocicos, el otro posible mundo.

Carlos Arnal.

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