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Ayer un grupo de desconocidos se reunieron, tan sólo habían tenido contacto virtual durante dos semanas, pero la gran afinidad nacida entre ellos les condujo hacia aquel lugar deshabitado de las afueras. Sobre las tres de la mañana empezaron a llegar los diferentes vehículos sin acompañante; a las cuatro ya habían intercambiado los suficientes datos protocolarios de la presentación, o eso le pareció al líder del grupo que, como siempre, surge de la nada creyéndose poseedor de la única verdad; llegó el momento señalado cuando todos se metieron en la furgoneta del más mayor. A las cinco de la tarde unos policías dieron parte de lo ocurrido en el registro civil.

Cuántas personas “mayores” desearían tener un final así, acompañados, o no, entre iguales para despedirse de una trayectoria vital que ya han dado por concluida hace demasiado tiempo, ya sea por una agonía corporal y/o anímica o, simplemente, porque ya se han sentido satisfechos con su existencia. Su impotencia radica en que muchos de ellos no pueden ni siquiera levantarse de la cama para salir por la ventana, teniendo que soportar la inseguridad de una cultura interesada más por mantener en activo los DNI que por los propietarios de éstos. Es el constante e irresoluble conflicto entre los intereses propios y los de la comunidad, entre la ambivalente libertad, dada y acortada, entre la predicación de la compasión y del individualismo creciente. Lo paradigmático de la situación es que sólo se pregunte con horror por los motivos que llevaron a aquellos adultos a poner fin a su existencia, sin cuestionar el por qué no ocurre esto más a menudo.

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