Teléfono rojo…comunicando…

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Cada persona debería tener el derecho a formar parte activa de su historia para luego, si quiere, poder olvidarla. Las conciencias marginadas lo han intentado, pero al no ser ellas las que constituyen han tenido que soportar no sólo la exclusión de toda dirigencia sino también la condena a no poder formar la suya propia, a no poder ni siquiera plantear ese ansiado olvido hacia algo mejor y/o diferente.

Las mujeres, más de la mitad de la población mundial, deben soportar el peso de una historia ajena por haber sido cosificadas como seres de innata pasividad -supongo que para amortiguar la impotencia del “Gran Falo”-. A pesar de que la conciencia mutilada de Occidente empezara a despertar hace poco más de un siglo cuestionando el por qué de esta continua y penetrante humillación y, por ende, a reivindicar ser algo más que “lo otro” masculino, aún así, ni las sufragistas pudieron conseguir su objetivo a no ser por unos ciertos intereses electorales; ya se sabe que el poder no es altruista.

Las menos radicales de esas mujeres activas forjaron el camino de la Diferencia, desmarcándose del feminismo de la Emancipación y avergonzándose de luchadoras como Valérie Solanas que, más allá de su odio patente por la dominación masculina y de su homicidio frustrado contra Andy Warhol, supo encarnar el nuevo perfil de mujer completa, provocadora y sin envidia de pene. Su Manifiesto Scum es una sincera declaración de intenciones, pero si nos anclamos en lo anecdótico se corre el peligro de caer en una reducción psicologista a causa de su resentimiento acumulado, olvidando ese proyecto revolucionario cuyo “cambio radical” intentaba sacar algo más que a la puta que se lleva dentro. Su manifiesto no pretende más que abofetear a los que están aún vivos con ganas de olvidar, algún día, una historia que realmente merezca la pena.

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