La ardilla roja

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Allí está, tan entero y digno como siempre. Se parece a alguien. Todos me recuerdan siempre a alguien, incluso yo ya empiezo a recordarme a alguien. Lo llevo siguiendo hace poco más de un mes, o quizás dos, aunque según Andreas llevo tres años, pero yo no me atrevería a decir tanto. Todos los hombres tienen su misma voz, pero sólo unos cuantos su mismo gesto, y sólo unos pocos su misma nariz. Qué nariz, siempre tan digna, tan en el centro, dando sentido a todo lo demás, haciéndole una distinción honorífica a su persona y, sin embargo, aún no hemos ido a ningún herbolario, ni tan siquiera a una perfumería. Nunca tomaremos un té juntos, un té aromático, lo presiento porque sólo se refugia tras la tónica sin gas. Pero me da igual, yo también aprenderé a tomar lo que él toma, y a ojear lo que él ojea sólo para que la gente piense que estamos hechos el uno para el otro, el uno porque es otro y el otro porque es uno. Tengo el fuego preparado desde el primer día que le vi fumar, y el diálogo espontáneo que mantendremos cuando él se de cuenta de que compartimos la misma lectura; todo será casual, incluso cuando le diga que su rostro me es familiar. Pobre… le engañaré con maquillaje barato para despistarle durante los dos o tres primeros meses, o quizás años, ya se verá.

Cuando los pequeños títeres recién fecundados existan les explicaré en que consiste la comedia de volverse a casar, y la tragicomedia de la separación según las coordenadas de Stanley Cavell. Sabrán reírse cuando toque y llorar cuando plazca, nada podrá fallar con una nariz bien maquillada si la fortuna no nos visita con demasiada frecuencia. La eternidad, pues, ya tiene permiso para empezar desde hoy mismo.

*Artículo inspirado en este gran film de Julio Medem.

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