Prosa

Párpados

Escrito por

Los párpados pesan, molestan, presionan. Las pestañas son la prolongación de un sistema de coacción ininterrumpida. La mueca que queda dibujada por el esfuerzo para sobrevivir, para mantenerse despierto, para abrir los ojos, la mirada, es mi rasgo definitorio, diferencial. Hay unas arrugas justo a los lados, tres, pequeñas, que actúan como testigo de esta lucha eterna. Supongo que hay alguien dentro de mí. Alguien cansado, que necesita dormir, olvidarse del estar-en-el-mundo. Y lo entiendo. Eso es lo que me da más miedo. Que lo entiendo. Podrá ganar a mi forma, a mi cuerpo de párpados de hierro y hormigón, pero si gana a mi voluntad, señores y señoras, ya no tenemos nada que hacer.

Café. Necesito más café. Tengo aún trabajo, y no me puedo dormir aún. Me levanto, me lavo la cara, estiro las piernas. Miro el sofá, pero no, no puedo sentarme. Sería la guillotina de esta noche de crímenes de guerra. Otra vez, enciendo el ordenador. Me pongo el ventilador mirando hacía mí. El aire me irá bien. Repaso lo escrito durante las últimas tres horas. Nada, es mierda. Es una verdadera mierda. Tres capítulos enteros de paja, de bla bla bla, de estereotipos trasnochados que aspiran a convertirse en arquetipos, sin esfuerzo, por la inercia del diálogo, con los fórceps de una estructura demasiado rígida, prefabricada.

Mis personajes me han fallado. Me han traicionado. Mientras los describo, mientras les pongo palabras en su boca, mientras les arreglo la vida para que hagan el amor a todas horas, ellos se sientan frente a la página en blanco y me miran, desafiantes. Sonríen, los cabrones, sonríen. Se han puesto, antes que yo, a dormir. Ya no hay nada que hacer. Otro día con la novela estancada en medio de este charco de monotonía, pereza y calor.

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