Dietética

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Quién no ha sentido, aunque sea de oídas, que se quedaba ciego/a a causa de un exceso de masturbación. O, quién no recuerda aquella entrañable escena de “Hannah y sus hermanas” cuando Hannah (M.F.) le insinúa a su marido (W.A.), que su esterilidad puede provenir de sus abundantes andanzas solitarias. Si ahondamos atrás en el tiempo esas leyendas sexuales se vuelven mucho más entretenidas. Pitágoras, por ejemplo, señalaba que el acto del amor se buscaba cuando uno quería debilitarse. O Aristóteles, ese grande de la aphrodisia, sostenía que el órgano más afectado en el coito era el cerebro. Y Diógenes Laercio tampoco escatimaba, tenía todo un mapa según la estación del año que percataba; a cuanto más calor, mayor rapidez, porque era contraproducente perder más líquido de lo necesario no sea que los riñones se resintieran.

Aunque para libertinos los medievales, esos sí que sabían del verdadero ars erotica, y no nosotros, hijos de la scientia sexualis, la gran mayoría traumatizados por girar demasiado rápido el pomo de aquella lujuriosa habitación paternal, ¡dios!. No se contentaban como los griegos con proponer una práctica más o menos moderada, la pastoral cristiana no escatimaba en detalle, describía hasta el número exacto de pestañeados para finiquitar con mayor honradez la gran tarea de la procreación. Imaginaros al entregado San Agustín redactando, con su pluma, a la luz de las velas un tratado con las más libidinosas posturas mientras con la otra apoya la cabeza. Y St. Tomás, mi queridísimo Aqui-no (pero en el cielo sí), desbancaría en nuestros días al mismo Sade en google si hubiera sido moralista posmoderno. Debería ser muy duro para esos santos hombres, santos pero hombres al fin y al cabo, preocupados por dejar sólo en escena a los eunucos con sus agudos de castrati, a sabiendas que no hay mayor atracción que aquello silenciado a gritos.

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