Prosa

Sudor

Escrito por

Una tempestad en mi frente cada vez que me levanto de la cama. Una fiebre de mares eternos, de lagos nada quietos, de ríos de Heráclito que vuelven al mismo sitio de donde vinieron. Todo se repite, incluso el sudor.

Este Agosto me está matando. Las aspas del ventilador del chino no tiran más, y es que la hojalata no la creó Dios para hacer milagros. Mi tos no me permite aires demasiado acondicionados, y mi cerebro no me permite calores que le derritan. Me voy a tomar otro wisky, con mucho hielo.

Las playas deben ser como el salir de una ducha fría, que aguardan al bañista, lo invitan, para torturarlo justo después del agua con otra sesión de calor interminable. No, no estoy moreno. No lo necesito. No estoy obligado. No lo pone en la Constitución.

Sólo recuerdo este sin vivir, como vida, cuando te imagino desnuda, frente a mí, encima, diciéndome que sólo nosotros tenemos derecho a gozar. Somos los elegidos. En París no hace tanto sol, me prometes. Pues vamos a Francia, vamos a dónde sea.

Tú en Sevilla, en Granada, preparando salmorejo, gazpacho, y yo cambiándome de camisa tres veces al día. Son los tres actos de una obra de teatro personal, incómoda, irrepetible. Aristóteles tenía razón únicamente en una cosa. Todo es cuestión de inicio, nudo y desenlace. La tesis, la antítesis y la síntesis se concentran, todas, a la salida de una ducha demasiado poco duradera.

Voy a desistir. Me rindo. No tengo fuerza de voluntad, ni palabra, ni orgullo. Play. A dieciocho grados. Si me resfrío, da igual. De algo hay que morir. Al menos, que no sea ahogado en mi propio sudor.

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