Fortuna

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Fortuna. Fortuna, la diosa. Fortuna, suerte. Fortuna, oro. Fortuna, nicotina. Fortuna, risa. Fortuna, la novedad, y fortuna, el reencuentro. Fortuna cuando el cauce del río Turia se llene con mistela de Mislata ahora que se va secando entre los recuerdos del futuro. Fortuna tú, fortuna mía.

Un ‘adióS’ exasperado por encontrar el mismo tono del primer ‘hola’, de aquel primer ‘hola’, cuando el límite no era más que nuestro propio miedo. Y mientras, la fortuna pasa, como la vida, sin dejar espacio para retroceder, ni casi para nada más, ¡maldito color rancio que la repetición deja tras ella! Pero la fortuna puede volver, siempre y cuando el frescor de su osadía no me vuelva a cegar cuando la mire a los ojos porque, la fortuna, ya no se busca, ya no es romana, ni tan siquiera paciente sino que está enferma, enferma de vicio, del vicio de la casualidad, de la casualidad con control. La fortuna ya no está porque la busco, porque huye menospreciando a todo aquél que la persigue con devoción; se va y deja mi mano en puño, por su ausencia, junto a la imagen vacía de la carretera donde sale aquel perro triste del anuncio. La fortuna se ha ido, se fue, hasta el próximo olvido cuando, quizás, me choque accidentalmente con ella.

Y mientras tanto Rohmer dará sentido a mi añoranza, aunque siempre de forma discreta, mirando de reojo, para que el regreso no sea algo esperado, para que la vuelta de lo idéntico, de la repetición nietzscheana con el matiz de la diferencia deleuziana, de lo diferente dentro de lo mismo, del regreso con los souvenirs y las zapatillas gastadas, no sea algo esperado. Y de nuevo, la ruleta indiscreta volverá a girar cuando no tire de ella sino cuando ella tire de mí, cuando ya no la quiera (cuando yo, quizás, no la quiera). Y mientras tanto… Fortuna tú, fortuna mía, mientras.

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