El vecino ventrílocuo

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¡Silbando a lo lejos se acerca una silueta que emprende con entusiasmo un lunes! Es nuestro vecino ventrílocuo, siempre feliz porque así nos lo hace creer. Saluda al nuevo vecino no alzando el mentón sino con un entonado “¡buenos días tenga usted!”, mientras hace ver que camina erguido mostrando su ideología bajo el brazo.

Durante el trayecto, el vecino ventrílocuo lee su noticiario para tener tema de conversación y, para poder ampliar su rico archivo cultural siempre y cuando no le falle sus dispositivos. Hoy ha tocado un suplemento sobre la culpa, la condena, la expiación, la redención y la vergüenza, que servirá como excusa para que su vecino de mesa le vuelva a envidiar, aunque en está ocasión tenga que profundizar más para ganar. Lee a Jean Améry, a Primo Levi, a Günther Anders, a Richard Wollheim, se interesa por los Eichmann y sigue de cerca el experimento de Milgram. Tras su reciente conglomerado de sabiduría para comprender la necesidad de la tortura, la necesidad de los campos de exterminio y la necesidad del mal que abandonó un día la ausencia del bien, se siente preparado para reemprender la temática pérdida. Por fin regresará pletórico a casa tras su victoria, llegando a perdonar con maligna avidez las“¡buenas noches tenga usted!” a su taciturno vecino del entresuelo primera. Mañana sábado tendrá menos trabajo, así podrá descansar y reemprender su tarea el domingo cuando vaya a la caza de jóvenes inquietos que, como él, se dedican a comentar y archivar temas de conversación.

Cómo silba nuestro ventrílocuo mientras va posicionándose en una dialéctica sobre Dostoievski: ¿por qué para estar sanos hay que enfermar antes al vecino? Se embeleza mientras busca en sus ficheros, sí, recuerda haber leído algo en algún artículo…uhmm de Javier Marías, creo, y decía… da igual, los jóvenes ya se han ido.

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