Prosa

Perdón

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Hace demasiado tiempo que me tendría que haber escrito esta carta. Y es que, últimamente, ya no hablo conmigo mismo. Supongo que me tengo miedo. Me he dejado de lado. Hago ver que la pasión es un camino, y sólo es un escudo. Un puto escudo. Pero toda defensa necesita de una estrategia, y toda estrategia, de una conversación, de una reflexión, de un paréntesis.

Me voy a pedir perdón. No voy a ser eso que creía. Y, ni siquiera, voy a saber qué era lo que tenía que creer. Deja pasar el río, Heráclito, deja pasarlo. Qué le vamos a hacer. Pero mi río, mi fluir, sólo tiene espacio en esa ducha antes de cenar donde me confieso, en menos de cinco minutos, con la frustración en la que se ha convertido este reloj de horarios, comidas, y defecaciones. Y, encima, me quejo, me lamento, en un espacio determinado, prefabricado, para ello. Necesito otra ducha.

Me voy a pedir perdón. Ni la egolatría, ni los discursos interminables, ni mis fantasmadas fantasmagóricas son más que un escudo. Se trata de eso, precisamente, de un escudo. Protegerse de uno mismo debiera considerarse un delito ante cualquier tribunal. Y si el tribunal es el propio, aún peor. Excusas, palpitaciones, ansiedades y flores de bach. Todo un armamento, de destrucción íntima, que funciona como un boomerang de doble filo. De la filosofía y la filopatía.

Me voy a perdón, sobre todo, por no saber pedirme perdón. El río, Albert, el río. A todos les pasa lo mismo. Todos están en ese sofá rojo, desordenado, que duerme las conciencias. No eres el único que has llegado tarde, y sin billete, al tren de regreso. Mañana puede ser demasiado pronto para hacer un poema. Los sonetos jamás pasarán de moda.

Y la bicicleta de bajada, y la redacción, y las seis horas navegando, nauseando, mareando. No pasa nada. Es el río. El río. Hay que dejarse llevar y no temblar. Aunque, tarde o temprano, sepas que todo cauce acaba en un mar lleno de compresas y condones usados. Supongo que de eso se trata. Mirar el sucio lago, el agua llena de ruido, junto a tu mirada inocente. Mi antídoto.

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