Prosa

Dormir

Escrito por

Llego de trabajar temprano. Abro la puerta, la cierro y me aseguro que el cerrojo haga su trabajo. Tiro las llaves encima de la cama aún desecha de la noche anterior. Me quito los zapatos y los dejo en medio del comedor. Abro el armario de la cocina, cojo un vaso largo y me sirvo un enorme wisky con hielo.

Otro wisky. Enciendo el televisor y me escondo en el sofá, debajo de una manta roja. No puedo (des)concentrarme. Me viene a la cabeza lo mismo de siempre, el mismo temblor, la misma angustia. Creo que el pecho se me va a empotrar contra los pulmones, me ahogo, no siento que el aire entre por ningún sitio. Pero no tengo tanta suerte. El cuerpo tiene la fuerza que le falta a al alma, y sigue dándole vueltas enfrente de un televisor que arroja imágenes absurdas de chicas bellísimas que no saben hablar. Otro wisky.

Estoy a punto de dormirme en el sofá. Es incómodo, pero no importa. Cierro las persianas. Son las cinco de la tarde, y aún entra mucha luz. Oigo los gritos de niños pequeños. Están jugando. Comienzo a llorar y a me tapo, entero, con la manta. Voy a dormir hasta que no pueda más. Nadie pensará que alguien que duerme es, en realidad, un cobarde que se esconde de sí mismo.

Son la una de la mañana y la mala posición que he ido cogiendo en el sofá no me deja dormir ni un minuto más. Me levanto y, antes de entrar en el pasillo, me bebo, de un tirón, otro wisky. Voy encorvado, como si tuviera una joroba llena de culpas y vergüenzas, y llego hasta la habitación. Hace frío. Me metro de la cama, sin quitarme ni el jersey de cuello alto ni los tejanos. Y vuelvo a dormir. Me voy despertando, cada hora, pero me esfuerzo y cierro los ojos. La angustia crece y ya no sé qué hacer. No tengo pastillas, y el alcohol se me ha acabado. Estoy desesperado y me repito, sin parar, que yo no la maté. Yo no la maté. Fue un accidente.

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