Hacer vivir y dejar morir

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Quince centímetros y medio de suela de caucho se puso cuando asomaba por la ventana, sólo siete pisos y la calle sería suya con la total seguridad de quedar perfectamente resguardado de las anomalías terrenales. La protección es lo primero, el control lo segundo, Sarkozy (y Carla Bruni) ya lo dejaron bien claro en su reciente discurso, mientras el bipartidismo español tomaba nota. Y luego a sufrir cuando el caucho se esté gastando y la suela empiece a surfear con el suelo si no se repone antes, incluso, de ser pensado, mucho antes de verte flotando en la absoluta vacuidad de la nada, de ese cara a cara ante la temida absurdidad del todo.

Corre a la tienda de calzados más cercana a comprarte el nuevo modelo de NYLon, porque los zapateros ya se están extinguiendo, si no deseas que tus pies vuelvan a visitar al podólogo, quien no dudará en recetarte de nuevo la ortopedia más cívica. Tras tu nueva adquisición zapatista, ponte a leer a Artaud y finge entenderlo como lo haría un dadaísta aunque no llegues ni a surrealista, fingiendo además que te gusta sentir ese sufrimiento anímico que se vuelve corporal, dirigiéndose hacia un íntimo status quo que borra esas supuestas fronteras del yo. Pero ante todo trabaja la expresión, como si fueras un comercial teleoperador vendiendo tu mejor sonrisa telefónica a los vecinos de tu comunidad; cuéntales que te has reencarnado, a partir de unos versos, en la locura más poética de Panero. Si la actuación es buena, no te relacionarán con los hijos del inspector Gadchet, que sólo saben andar con sus suelas de caucho de quince centímetros y medio, para esconder las dolorosas llagas que crea la inutilidad de sus pies desnudos.

(Aquel afán de superación le llevó a oler el suelo más que a Kafka, porque tras tanto fingir que andaba, se le olvidó ponerse de pie)

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