Prosa

Mañanas

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Las mañanas son tiempos extraños, de mantequilla de croissants, de cafés en el microondas, aún dormido, de mal sabor de boca, de ir al baño, a despojarse del pasado, como si fuera tan fácil deshacerse de lo anterior tirando, únicamente, de la cadena. Y las cadenas siempre siguen, ahí, en el futuro, que es cuando el pasado cobra protagonismo, donde se hace fuerte, donde decide atacar.

Las mañanas son cosmovisiones diferentes, únicas, delirantes. Es el sol de muchas nuevas posibilidades, y es el peso de saberse un día más con la certeza de volver a errar, de no atreverse, de ilustrar una ontología que se repita una y otra vez. Es ir en el metro y mirarse a la cara, sin tenerse nada que decir, sin tiempo porque tienes que llegar a la mesa, sodomizadora, de un despacho que, poco a poco, va envenenándote con las obligaciones, siempre voluntarias.

Las mañanas, también, son olor a periódico nuevo, a espaldas denudas, al perfume de la chica de la parada equis, a la panadería de barrio, que huele a horno y a la cocina de tus senos, al verso que te sobresalta en la esquina del trabajo. Siempre, antes de entrar. Son una manivela del motor de nuestra máquina, analógica, que funciona con la gasolina de la cotidianidad, con el alimento de un despertador cruel y astuto, con las cortinas entreabiertas, con la alarma para que nunca nos alarmemos, para que no pensemos en nuestra propia revolución, la más necesaria.

Las mañanas, sí, son esa mezcla de nuevo y de viejo, de los pasos hacía delante y del paso hacía atrás, de este tango, de tus piernas con tacón, de tus agujereadas medias que agujerean mi racionalidad, de la humillación de verme reflejado, en el espejo de cada vagón, en la cara de todos los desconocidos. Somos idénticos a los demás, y eso sólo se descubre cuando la luz golpea en la cara, en medio de la nariz, y cuando las máscaras de la noche ya no disimulan nuestras muecas de cansancio.

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