Prosa

Pigmalión

Escrito por

Últimamente, la encontraba muy fría. Casi no me contestaba cuando le hablaba, no me escuchaba cuando cenábamos, no quería ir a jugar a tenis como antes, ni ir al cine. Se quedaba allí, en el sofá, estirada eternamente.

En un principio, no me preocupé demasiado. Todas las parejas pasan etapas. A veces, estás más entusiasmado. A veces, la crueldad del día a día, el estrés, y la falta de tiempo, afectan a la convivencia. Pero yo, sin duda, prefería alguna discusión, algún grito, algún reproche. Esa indiferencia, ese mirarme sin mirarme, me estaba comiendo por dentro.

Sí. Claro. Naturalmente que pensé en la posibilidad de que se hubiera enamorado de otra persona. Esas cosas pasan. No la hubiera culpado. Cuando nos conocimos, no caíamos en esa absurdidad que hace la gente. Eso de prometerse amor hasta la muerte. Hasta que dure, y esperando que dure mucho. Porque era maravillosa. Yo, un poco tímido, necesitaba de su energía, de sus ganas de vida.

Galatea era todo ojos. Los tenía enormes, y le brillaban todo el día. Mis amigos, sin confesármelo, se morían de envidia. Sus novias, todas aburridas, y todas obsesionadas en casarse y formar una familia enseguida, la miraban y la odiaban. Les rechinaban los dientes al ver su espontaneidad, su sentido del humor. Ahora, todos me preguntan por ella. Pero es que no quiere salir de casa.

No creo que sea una depresión. Es que tampoco la veo triste. Simplemente, está asunte. Pasiva. No sé si se trata de una enfermedad, doctor, o es que, simplemente, es un problema de comunicación. Ayer, por ejemplo, la abracé y noté cómo, inmediatamente, se me deshinchó en los brazos. He estado toda la mañana soplando para traerla a la consulta.

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