Historia de un sueño

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Ayer tuve un sueño, y antes de ayer, y antes del antes de ayer y el anterior, un sueño más allá de todo aquello del bien y del mal, de esos que te recuerdan lo espeluznante que es la mañana. Mi tiempo no se invertía, tan sólo formaba parte del calor del sol y de la frescura de la hierba que me acariciaban, mientras tus pestañas descansaban sobre la paz de mi pecho, sin peligro de insolación porque ya no existía ese riesgo inventado. Dialogábamos sobre si dialogar sin acción sirve de algo, si ha valido la pena haber pensado en lo que podría haber sido pero que no fue hasta que lo hicimos factum, y asintiendo que la exterminación de las sanguijuelas de producción inútil en nuestro horizonte de sentido fue la mejor idea que pudimos llevar a cabo.

Por una vez en la vida todo parecía encajar como en una primera fase del Tetris, sin mañana y sin apenas ayer, matando a la eternidad con un pacto de esterilización previo, por aquella extraña idea de solidaridad que aún seguíamos arrastrando. Devorábamos todo aquello que nos apetecía, porque vivíamos en postre, porque ese pan de hoy, hambre para mañana, nos los habíamos comido hace demasiado tiempo, justo en su momento adecuado que no fue otro más que aquél en el que fue comido. Y tras digerirlo y cagarlo seguíamos comiendo lo que nos apetecía, todo lo que las mandíbulas prietas no eran capaces de digerir, porque aún no habían soñado, porque aún no podían sentir el tacto de sus pestañas; de mis pestañas en tu pecho, que es lo único que puede soportar el peso de mis ojos cuando despierto después de haber soñado.

(Para todas aquellas personas que tuvieron el mismo sueño hace 40 años y siguen “en los dormitorios de tránsito / en los caminos de hielo / Cuando ya todo parece más claro / Y cada instante es mejor y menos importante / con un cigarrillo en la boca y con miedo”*

*En la sala de lecturas del infierno, Roberto Bolaño

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