Prosa

Reflejos

Escrito por

Suena el despertador y, como cada mañana, me levantó rápido, me preparo un sándwich doble, me tomo un zumo de naranja y enciendo la cafetera. En la televisión, el político de turno. Dice lo de siempre, problemas artificiales para un mundo artificial del que vive. Crear necesidades inexistentes como objetivo cotidiano.

Salgo a la calle, aún masticando un almuerzo precipitado por un reloj. No marques las horas, Cantoral. No marques las horas, Gatica. Porque voy a enloquecer. En la esquina de cada día, me encuentro a ella. A su perfil. Jamás le veo la cara. Vestido negro, de lana, justo encima de las rodillas. Una medias oscuras. Un cabello perpetuo. Liso. Brillante.

Como cada lunes, vamos a la misma estación de metro. Ella, hoy, lleva paraguas. Hace un día gris, con chispas de lluvia que van y vienen. Se para en el quiosco. Compra El País, unos caramelos, y espera el cambio. Yo, me detengo. La observo. Se le presiente una espalda blanca, con algunas pecas, inocentes, infantiles. Pocas veces le he visto la piel, y sus piernas sólo las puedo intuir debajo de ese tejido rugoso, ceñido, seductor.

Bajamos las escaleras mecánicas. El centro de la ciudad, los lunes a primera hora, son una olla a presión, desganada, baja en sal y energías. Siete escalones más arriba, permanezco yo. Sin intención de acercarme, pero sin la posibilidad de alejarme demasiado. Intuyo, ahora, su olor, su sonrisa. Llega el tren y subimos al mismo vagón. Ella, se sienta. Cruza las piernas, y abre el periódico. No le veo la cara, pero sus facciones dulces, pero de mandíbulas consistentes, se pueden imaginar a través del vidrio de enfrente.

Una estación antes de la mía, se baja. Las puertas silban y, cuando, están a punto de cerrarse, se gira. Hasta la noche, cariño. Me susurra. Y es que ya hace meses que, los lunes, jugamos a este juego de reflejos. Si no, el día a día, en casa, nos consume.

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