Prosa

Bolígrafo

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Hoy, me he comido cinco bolígrafos. Me gustan, especialmente, los de plástico duro y capuchón alargado. Generalmente, voy masticando la parte de abajo, hasta que, de un mordisco, reviento en mil pedazos – tal vez por eso le llaman “cristal” – el instrumento caligráfico.

No sé cuál es la interpretación freudiana del asunto. Pero, desde pequeño, he ido destrozando bolígrafos. También lápices, y rotuladores. Pero prefiero, sin duda, los bolígrafos. Antes, cuando no trabajaba, me suponía un gasto mensual considerable. Ahora, en la redacción, utilizo los de la empresa. Naturalmente, tengo que tener cuidado para que no se den cuenta. Voy intercambiando colores y formatos, para que las cajas no se vacíen enseguida. Pero ya ha habido alguna queja.

Por supuesto, tiene algunos riesgos. No pocas veces me he hecho daño. Me sangran las encías y me hago pequeños cortes en los labios. Lo peor, sobretodo por la indiscreción del asunto, es cuando revienta la tinta. Toda la boca llena de azul, todo el mundo mirándome, y yo corriendo a limpiarme al lavabo.

Después de comerme el último bolígrafo, hoy, he ido a la papelería. He pedido una marca cara, un modelo de acero. Tal vez es ésa la solución. Ahora, lo estoy mordiendo. Insisto. Hinco los dientes y me veo incapaz de acabar con mi presa. Busco plástico, pero es todo de hierro. Parece un complot contra mis vicios. Exactamente igual que cuando me rechazas al buscarte con la mirada.

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