Prosa

Escritor

Escrito por

Soy un escritor muy famoso. Internacionalmente conocido. Aunque es incomparable a lo que puede sentir una estrella del rock, me cuesta ir a un centro comercial sin que nadie me pare, me reconozca, hable conmigo de literatura y me asegure que ha leído todos mis libros.

Escribo cada día. Una media de tres horas. Siempre, a la noche, con un gintonic en la mano. No me dedico, ni me dedicaré, a escribir relatos, ni poesía ni artículos para prensa. No hay mercado o pagan mal. Tengo una estructura con la que hago todas mis novelas. Inicio, nudo y desenlace. Tesis, antítesis y síntesis. Una historia de amor no consumado, un secreto, una muerte, un enemigo y una solución feliz. Catarsis para el lector que ya sufre demasiado en su vida diaria.

En otoño tomo notas, simplemente. En invierno, con un ritmo algo más estresante, escribo sin repasar nada. En primavera, corrijo. En verano ya he publicado y hago la promoción. Televisión, prensa, radio. Así, cada año. Una novela por temporada. Como máximo, dos.

Un primer pago del editor, al entregar el manuscrito, y el catorce por ciento de las ventas. Los royalties me cubren el día a día, los gastos cuotidianos. El dinero de los premios literarios, a los que únicamente me presento si me lo recomienda alguien del jurado, lo ahorro. Tengo algunos millones, ya. Pero yo no soy escritor por todo esto. Ni por la emoción del oficio. Ni por la facilidad que me supone teclear una historia detrás de otra.

Cuando sale una nueva obra al mercado, me disfrazo. Una peluca, unas gafas de sol y la misma gabardina. Viajo a una ciudad cosmopolita. París, Barcelona, Buenos Aires, Londres, Nueva York. Entro en la librería más importante de cada sitio y pido un ejemplar de la novela. Desde hace años es la única forma de eyaculación que conozco.

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