A reichenbach

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Martes, cerveza, fado y una vela de los chinos que se apaga en el balcón de un sexto. Por fin una noche sola tras tantos devaneos que me alejaban de mi querer estar en el mundo, sobre la tierra y bajo el cielo pero sin los otros. Este momento me hace recordar a Heidegger, de cómo me emocionaban las clases de contemporánea, con aquel parecido razonable a Benjamin, cuando explicaba el prólogo de ¿Qué es la metafísica? que me transportaba al mismísimo centro oculto de la filosofía, a su alma. Hoy me acuerdo de todo esto, como si hoy fuera el día elegido para saudades capaz de tocar ese puntito tierno que mueve la morriña más nostálgica. El fado es lo que tiene, y Heidegger también tiene algo de esa melancolía portuguesa, de esa profunda tristeza de lo inalcanzable y de lo que se extingue, de lo que está y ya no está, cuando la existencia es arrojada fuera de la esencia dejando al Dasein fuera de su ser, aunque potencialmente ahí. Pero qué complicado y maravilloso es ser y no ser, nadar entre la existencia auténtica y la inauténtica, entre el ser y la nada y, qué complicado y maravilloso es, escuchar embelezada a Amalia mientras la nada nadea porque va naufragando em mar de treva*. Es todo un canto al vivir consciente del Dasein, a su angustia por el destino del mar en tinieblas que Amalia proyectaba sin cesar sobre la vida y sobre la filosofía, donde la tragedia es quien marca el final de todo, porque As coisas não têm significação : tem existencia** que se extingue porque es su destino, que se acaba porque es su fatum, su fado, con voz de mujer y guitarra de hombre.

*Triste Sina de Amália Rodrigues
** O guardador de rebanhos, nºXXXIX, Alexander Search

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