Miopía o hipermetropía

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Lo superfluo de la vida no es lo superfluo de la vida sino lo necesario, lo que acaba siendo necesario. Sin lo superfluo, la vida se torna hueso, hueso que duele con tan solo rozar cualquier cosa al quedar desnudo de sentido. Aunque alberga el peligro de quedarnos estancados en las superficies, de saltar de islote en islote sin poder ver la belleza de la inmensidad oceánica. Algunos pensarán que el fin justifica los medios, si en lo concreto encuentran el bienestar, aún intuyendo (o no) que queda un global por descubrir. Otros, en cambio, viven enmarañados en la gran red totalizadora o coherentista donde cada significado depende a su vez de otro y así sucesivamente hasta su eternidad finita, desmitificando el presente y por ende, su alegría.

Para Scheler el espíritu humano (que es lo orgánico también) tiene su fundamento en un orden supratemporal, es decir, que no está irremediablemente condenado a las calamidades de la vida cotidiana social e histórica, que es lo que le crea la desdicha, sino en un más allá materialista, un lugar común donde se refugian algunos poetas como Neruda. Pero todo tiene su pero, porque el hombre aún no ha alcanzado su clímax, el equilibrio entre todas las tensiones entre vida y espíritu, que llegará cuando el fin de la historia cósmica consiga su ‘muerte térmica del universo’. Dicho así, del tirón, suena a reminiscencias platónicas, a la muerte del cuerpo como cárcel del alma, pero Scheler supo escapar de ese callejón gracias a su antropología filosófica, posicionando al cuerpo junto al espíritu en su debido escalón de sentido.

Pero de nuevo está el conflicto, la duda de si en lo concreto está nuestra desdicha o si por el contrario, el tener conciencia del conjunto es lo que nos impide vivir nuestro absoluto continuo, el cotidiano.

¿Quién se apunta a inventar unas gafas para la ametropía existencial?

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