
El principal peligro de darle un considerable bombo mediático a una película sobre la mafia (o en este caso al libro del italiano Roberto Saviano que ha propiciado la misma), es que a las salas acuden determinados públicos poco acostumbrados a este tipo de productos, saliendo, por decirlo así, desencantados. Y es que cuando en vez de toparte con la típica historia de glamour mafioso te das de narices con la trastienda de la Camorra, la cosa cambia.
Así es Gomorra. Cinco historias encerradas en un mismo barrio italiano de extrarradio, la de un chaval de doce años que intenta demostrar que ya es un hombre para meterse en el negocio, la de un empresario acompañado de su inteligente y prometedor secuaz, que se dedican, bajo encargo de la Camorra, a desaparecer los residuos tóxicos, la de un hombre que lleva las pensiones a los jubilados, viudas y familiares de camorristas encarcelados, la de dos chicos obsesionados por el lado más romántico de la mafia y seguros de poder llegar a ser los próximos Al Capone y la de un sastre que fabrica en negro la alta costura italiana. Cinco puntos de vista con una cosa en común: la absoluta dependencia, para bien y para mal, de la todopoderosa Camorra.
Contando con una materia prima tan valiente y excelente como la que ofrece Saviano, sorprende ver cómo el director de la cinta, Matteo Garrone, buscando un tono a caballo entre el cine al uso y el documental, sólo consigue aburrir. Sus constantes movimientos de cámara y primeros planos terminan cansando y las frías actuaciones de los actores no consiguen crear ningún tipo de empatía con el espectador. Pero además de esto, debido al convencimiento que ha de tener el director de que todo el mundo conoce a la perfección la situación italiana, pasa un buen rato hasta que el espectador comienza a ubicarse y las cinco historias empiezan a cobrar un sentido, propiciando en la sala de cine más de un movimiento en la butaca y algún que otro abandono.
Tal vez en Cannes se premie la historia más trágica, a pesar de cualquier otro aspecto, pero, en mi modesta opinión, una buena película no tiene por qué ser la que cuenta la historia más penosa, sino la que es capaz de llegar al espectador, la que combina un buen guión (como es este caso), con una buena dirección y unas buenas interpretaciones, consiguiendo crear una atmósfera en la que la persona que está en su asiento se siente integrada. Y Gomorra, la película, es un ejemplo de cómo convertir una historia (o mejor dicho cinco) interesante, arriesgada, novedosa y, sobre todo, real en dos largas e interminables horas de neorrealismo cinematográfico que hacen desear sólo haber leído el libro.
Me pregunto si el Grand Prix de Cannes iba dirigido a Saviano en vez de a Garrone. Lamentablemente en esta ocasión me tengo que unir al desencanto que mencioné al principio del artículo.



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