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Hace calor

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Si hubiera ganado un poco antes, el nuevo presidente de los Estados Unidos no habría sufrido la desventura de compartir el éxito de su rentable “hope” con otro de los conceptos top ten del momento, la “crisis”.

Crisis y esperanza son los mensajes de moda esta temporada, rotundos y complementarios, el yin y el yan de nuestros días.

Ya nadie recuerda a su antecesor. Nadie habla ya sobre el “calentamiento global” y sus consecuencias funestas. Pero la verdad, y espero que los ecologistas me perdonen, me importa tres pepinos que así sea, aunque lo de no comer pepinos en el futuro no deja de preocuparme. Convivir con el avasallamiento de los medios se me antoja ahora más urgente.

En este sentido, Global Warming de Eugenio Merino me parece un buen intento. Combatir la…, no, eso no. Una manera de combatir la avalancha mediática a través del juego, el del lenguaje.

Seguramente, Wittgenstein podría haber considerado que “global warming” era un mensaje lógico, es decir, que más allá de su posible veracidad o falsedad, este describía una parte de la realidad siempre y cuando se le diera un uso correcto. En este caso, imagino que el uso correcto de “global warming” habría sido el de cierto discurso ecologista. Si no el único, seguramente el primero. Pero esto no invalidaría la posibilidad de otros usos como el que Eugenio Merino le da. Y es ahí donde reside el quid de la cuestión.

Repetir un mensaje hasta la saciedad, como hacen los medios de comunicación, provoca situaciones tan absurdas como la de pervertir su significado y posibilitar un uso frivolizado del mismo. Por suerte, algunas obras nos abren los ojos frente a esto y, lo mejor, permiten que nos riamos de lo absurdo.

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