Letras

De cómo demoler la novela coetánea, por Manuel García Viñó

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Hagamos un sencillo ejercicio. Lea la siguiente lista de nombre: Manuel Rivas, Vicente Molina Foix, José María Guelbenzu, Fernando Schawartz, Josefina Aldecoa, Javier Marías, Rosa Montero, Juan Cruz, Maruja Torres, Manuel Vicent, Antonio Muñoz Molina, Almudena Grandes, Elvira Lindo, Benítez Reyes, Rosa Regás, Javier Rioyo, Soledad Puértolas, Carmen Posadas, Javier Cercas, Juan José Millás, Arturo Pérez Reverte, Fernando Delgado, Vicente Verdú, Andrés Trapiello. Ahora piense a cuántos ha reconocido como escritores contemporáneos y de quiénes ha leído alguna obra. Es probable que una gran parte de los autores citados haya sido relacionado con la literatura coetánea, mas conjeturo que pocos son los que se atrevan a admitir que han tenido entre sus manos algún libro de ellos, ya sea por pudor intelectual o porque realmente nunca han leído nada de lo que estos autores han escrito. Curioso parnaso el nuestro, en donde se conocen los rostros de los artistas pero se ignoran sus textos.

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Frente a este fenómeno idiosincrásico de las actuales letras nacionales, Manuel García Viñó protesta, gruñe, esputa, patalea, espumajea y aprieta los dientes en el libro objeto de recensión, El País: La cultura como negocio. Viñó sabe por qué le suenan todos los nombres anteriores: por pura mercadotecnia, dice, por la campaña editorial más agresiva y nociva para la cultura que se haya conocido nunca, por la concentración de poder, por la trivialización de la literatura, por el menosprecio de los valores estéticos y temáticos que caracterizan a la novela, es decir, por culpa de emporio demoledor del polanquísimo grupo Prisa.

Si de los novelistas enumerados al comienzo no ha leído más de dos columnas del algún suplemento dominical y prefiere campar con la cazcarria antes que limpiarse el culo con el Babelia, los argumentos del milenarista Viñó y los insultos con los que los acompaña le parecerán, a todas luces, justos, reveladores e incluso graciosos. Sin embargo, si usted me puede enumerar con arrobo las últimas novedades de Alfaguara o cita sin desvelo en bares y foros de Internet las columnas de la contraportada de El País, el ensayo del que vamos hablar a continuación, no sólo le cabreará, sino que le reafirmará en su idea de que los enemigos de la progresía se desfogan poco y mal y con la mano.

Apuntes previos: autor, editorial y prologuista

Antes de comenzar la reseña, tenga a bien el lector de concederme unos minutos para que me detenga en unos detalles accesorios del libro. En primer lugar, de justicia veo que le dediquemos unas pocas líneas al autor, Manuel García Viñó. A los especialistas les cedo el honor de los panegíricos que, vive Dios, los merece todos, y a los psiquiatras y enfermeros les reto a que dibujen su semblanza psicológica y prescriban las grageas pertinentes, yo, por mi parte, tan sólo daré unos breves apuntes biográficos que de él he averiguado (a la espera de que algún desocupado, que por Internet abundan, le dedique su necesaria entrada en la Wikipedia). Pues bien, la solapa de la cubierta dice que «es autor de una docena de poemarios, más de treinta ensayos sobre temas de crítica de las artes plásticas y de la literatura, y veinticinco novelas». Más de treinta novelas, otros tantos ensayos y hasta la más alta y sutil disciplina literaria dice haber practicado con unos cuantos poemarios. Tan humilde él, soslaya que la base de datos del Ministerio de Cultura le arroga la paternidad de más de un centenar de títulos, de los cuales se le olvidó mencionar en su presentación algunos tan meritorios como Cómo mantener unas relaciones amorosas verdaderas y gratificantes: yoga sexual para occidentales (1983), Cómo y cuándo será el fin del mundo (1989), Los signos del zodíaco (1978) o El profeta de la era de Acuario: quién será el nuevo profeta y qué aportará a la humanidad (1986). Relación de obras que no demuestra otra cosa más que hasta los más clarividentes tienen necesidad de comer. A la prolífica bibliografía firmada con su nombre bautismal hay que añadirle los textos publicados bajo disimulados seudónimos, ya sea como Mary Luz Bodineau, Manuel Asensio o Emmanuel G. Vigneau, entre otros muchos. Y es que ésta es una de las particularidades que hacen tan entrañable a Viñó. Como actúa bajo tantas identidades, le podemos encontrar en foros de discusión defendiéndose a sí mismo con seudónimo o parafraseándose en una demencial y esquizofrénica red autorreferencial en la que al final no se sabe si se chotea del personal o en realidad estamos ante un grave caso de personalidad múltiple. Del resto de su biografía poco más sabemos y nos interesa, salvo que dice ser doctor en Derecho por la universidad de Bolonia, doctor en Filología Hispánica por la de Sevilla y licenciado en Física Teórica por Heidelberg. Para algunos es un simple chiflado sesentaiochista y para otros un obseso patológico que acabará asesinando a Marías o, con suerte, al resto de la humanidad; por lo demás, ustedes lo pueden conocer, a él y a su ideario estético sobre la novela, en la imprescindible publicación clandestina La fiera literaria (también en Internet). Pero si quieren un resumen bastante fidedigno de su teoría y praxis literaria sobre la novela contemporánea nacional no duden en indagar en Youtube, con suerte den con el vídeo donde le propina un adoctrinador guantazo a Molina Foix en el programa Blanco sobre negro de Dragó de hace unos cuantos años. En síntesis, ese soplamocos compendia lo que piensa grosso modo de los escritores que publican en Alfaguara y próximas.

polanco

El libro del que he venido a hablar, El País: La cultura como negocio, supone una feroz denuncia de la maniobra mercantilista que el grupo controlado por el apellido Polanco lleva desarrollando desde la Transición hasta nuestros días, en España e Hispanoamérica, para pervertir la cultura. Su ataque se dirige fundamentalmente hacía el grupo Prisa, pero también a sus imitadores en el mercado editorial como Planeta, Anagrama, Plaza & Janés, etcétera. Con esta encomiable facilidad para hacer amigos, intuyo las dificultades que habrá encontrado Viñó para publicar su libelo. Hasta Nafarroa hubo de andar nuestro autor para topar con un editor que se hiciera cargo de la impresión. Txalaparta es una editorial «comprometida desde Navarra con la soberanía cultural e informativa de nuestro país, Euskal Herria. Y desde nuestra pequeña aldea patria (ojo, que es sic., yo no tengo tanta imaginación) apostamos por un planeta solidario y diverso». Se dedican sus talleres gráficos a malgastar papel y tinta en pastiches independentistas, crónicas de amor al terruño y paletadas por el estilo, al mismo tiempo que reeditan obras de intelectuales consagrados de la contracultura como el inevitable Chomsky, Mumia Abu-Jamal, el subcomandante Marcos, Malcon X e Iñaki de Juana Chaos A. D. («Iñaki de Juana Chaos nació en Legazpia en 1955. De niño se trasladó con su familia hasta Donostia en donde residió hasta 1983. Preso desde 1987, su incursión en el mundo del libro comenzó con Días, editado en dos versiones, castellano y euskera. Este trabajo, autobiográfico en forma de diario, logró una notable difusión y un éxito de la crítica. La senda del abismo, su primera novela, es una ficción ambientada en escenarios tan reales como la vida misma». Efectivamente, unos apuntes biográficos tan originales como la vida misma. Espero no pecar de excesivo entusiasmo si desde aquí pido ya el Cervantes para el amigo de los Naturhouse). Entre sus novedades ha publicado hace poco una graciosa novela negra de ficción intitulada Entre ceja y ceja, de la cual no me resisto a transcribir su sinopsis disponible en la Red:

Esta novela aborda el pulso que un torturador y el padre de su víctima mantienen durante años. La historia comienza en el año 2002 cuando Jon Ander, junto con otros amigos, es detenido, torturado y encarcelado por inculpaciones que, más tarde, se demostrarán falsas. El padre de Jon Ander, ante la impasibilidad de jueces y políticos, opta por airear en la prensa, machaconamente, el caso de su hijo. El ertzaina Manuel Salvidela va desgranando recuerdos a medida que lee los periódicos: alguien sabe de su profesión, conoce su ensañamiento, no teme a su impunidad y, para colmo, pone en evidencia ante los tribunales y la opinión pública, a sus jefes, los intocables, los últimos responsables.

Sabido es que estas cosas ocurren en las repúblicas bananeras. ¿Cómo va a ocurrir algo así entre vascos y entre demócratas?

Si ya han terminado de reírse a gusto, no abandonen la sonrisa, porque ahora paso a comentar de manera sucinta el prólogo firmado por Antonio García-Trevijano, que, como sospecharán, no desentona con la excentricidad dominante. El nombre tal vez les suene porque fue miembro del contubernio que se organizó hace unos años para acabar con el felipismo o por ser el redactor de la constitución del Congo. Lo más probable es que no, que no les recuerde a nada, para mayor desesperación de él, que ve cómo el tiempo lo arrumba en un rincón de la historia de la Transición española mientras impone medallas a arribistas y medradores. En fin, los prólogos, por norma general, suelen presentar la obra precedente o, al menos, glosan las bondades del escritor que te cede el espacio. Pero, claro, esto ocurre en los libros al uso. En éste cada uno encuentra su momento para despacharse a gusto sobre lo que más le pica. Y a Trevijano lo que más le escuece es el desastre político que se organizó tras la descomposición del franquismo y el advenimiento de la democracia constitucional. El prologuista logra relacionar el tema del libro, la decadencia de la novela española, con las traiciones a la democracia acumuladas durante la Transición. Esto es lo que te pasa cuando invitas a otro outsider (heterodoxos los llamaba el sabio rancio de Menéndez Pelayo), vetado en casi todos los medios públicos, a escribir unas cuantas páginas, que a la mínima aprovecha para dar rienda suelta a su discurso sobre lo injusto que ha sido don Juan Carlos con su persona, lo poco reconocida que fue su oposición contra el franquismo y lo olvidadizos que fueron con él a la hora de repartirse el pastel del poder político surgido a la par con la Constitución. Si eliges a un tipo como Trevijano (de éste si tenemos página en la Wikipedia) para prologar tu obra te esperan estas cosas, pero además te sorprende con otras igualmente hilarantes. Te arriesgas a que se enroque en posturas tan oblicuas como cuando afirma que toda literatura posterior a la Transición que no denuncie la traición de los partidos políticos a los valores de la república democrática es una obra fracasada, así porque sí, y a tomar por culo. Las obsesiones son así, impiden ver más allá de ellas, reducen cualquier efecto a la misma causa y acaban aburriendo por doquier porque lo único que pretenden es reparar omisiones y desvelar méritos no reconocidos: «Nadie me podrá negar que fui el único opositor a la dictadura que participó, al más alto nivel, en la dirección de los acontecimientos de la libertad». Al final de su largo texto de más de 30 páginas parece darse cuenta de que está prologando un ensayo literario (aunque el género en el que mejor encaja es en el de esparcir mierda con un ventilador) y reconoce que sus conocimientos sobre narrativa contemporánea son nulos y que critica de oídas y con esa intuición con la que Dios Padre suele premiar a los más escogidos: «[la investigación de Viñó] me procura la satisfacción de comprobar que, por no haber leído literatura española contemporánea, he podido colmar de atenciones a menesteres vitales, y de placeres a necesidades culturales, durante el maravilloso tiempo, de al menos treinta mil horas, que no he perdido». Hombre, Trevijano, no se necesitan 30.000 horas para darse cuenta de que las novelas de Manuel Rivas tienen menos sustancia que un flato del niño Jesús, pero, vamos, que tampoco está de más saber un poco de lo que se habla, digo yo.

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Puños como verdades

La narrativa española atraviesa por uno de los periodos más nefastos de su historia, en el que coinciden con deletéreo resultado una abrumadora cantidad de novedades de aspecto uniforme y de ínfima calidad. El comienzo de la decadencia de la novela nacional coincide con la etapa de consolidación democrática hasta la actualidad. Y sus causas se reconocen en la artera mercantilización de la literatura y la banalización del arte con el único fin de vender en masa papel tintado. Esta estrategia comercial ha sido adoptada por todos los grandes grupos editoriales en nuestro país, y con especial éxito comercial, por el dirigido por la familia Polanco. La aplicación de los principios neoliberales en la praxis editorial ha provocado que, por un lado, la calidad de las obras se adecue a los gustos de un lector poco exigente y, por otro, que las agresivas campañas publicitarias desarrolladas con la connivencia de críticos, profesores, academias y jurados literarios conviertan a obras vacuas en fenómenos literarios de inmerecida consideración y desmedido éxito comercial. La progresiva degradación de los valores estéticos que caracterizan a la novela que sistemáticamente se desarrolla en las últimas décadas habría sido imposible de no ser por la colaboración del diario El País, órgano de manipulación y presión por excelencia, medio en el cual se ha ensalzado a los autores más mediocres y se ha discriminado todo aquello verdaderamente trascendente por el hecho de escapar a sus canales recaudatorios. En palabras de Manuel García Viñó,

[...] el sedicente periódico progresista es el mayor causante de una auténtica involución de nuestra cultura, producto de una desaforada utilización del marqueting, la publicidad de saturación y la sublimal, indirecta y engañosa, la exclusión sistemática y el silenciamiento de los escritores, vivos o muertos, ajenos a la cuadra y, en resumidas cuentas, la manipulación implacable de la conciencia de los lectores en pro única y exclusivamente del beneficio económico. [Pág. 40]

Dicho quede antes de nada que a mí El País me parece un periódico necesario y que su lectura me resulta más provechosa que la del resto de cabecera competidoras, lo cual, en ningún modo, me impide reconocer en sus páginas la aviesa manipulación de sus lectores. Lo que me sorprende es cómo alguien que ha disfrutado con novelas de Unamuno, Valle Inclán, Martín-Santos, Benet o Goytisolo puede situar en un mismo nivel a Juan José Millás o Almudena la Grande. «¿Hay, de verdad, personas en España que sepan leer y a la vez se sientan atraídas por semejantes reclamos?», se pregunta el intrépido Viñó. Cómo el lector de alta literatura (mejor la llamaremos buena literatura o literatura, sin más) no echa en falta trascendencia más allá de la anécdota, un planteamiento formal osado, la búsqueda de nuevas imágenes, la intención de transgredir y conmover, la creación de una «cosmovisión», como reclama Viñó, cómo, cómo puede ser que la narrativa moderna que se publicita y promociona hasta la saciedad en las páginas del rotativo líder en España triunfe en los mercados y merezca el aplauso agradecido de la crítica entendida. Para Viñó la raíz de esta impostura se encuentra en Prisa y sus largos tentáculos atenazando el mundo de la cultura. Responsabiliza a este grupo empresarial de haber creado y dado forma a un nuevo lector, ayudándose del excepcional contexto de la Transición. Si aquel restañar heridas y olvidos selectivos vio nacer a un nuevo tipo social: el progre, antiguo opositor al franquismo reconvertido en próspero neoliberalista, El País supo encontrar en él a su lector objetivo:

Si El País ha llegado a estas alturas porque (plan o casualidad) se convirtió en su momento en el periódico de la nueva y abundante clase media que, al término de la dictadura, reclamaba nuevos métodos de lenguaje, nuevos patrones de conducta, nuevos guiños de complicidad. Por aquellos tiempos, y aún ahora, lo que esta gente, lo que el grueso de la población demandaba, era un izquierdismo cómodo que bendijera su recién adquiridas propiedades. [Pág. 51]

Es una izquierda remozada por la prosperidad económica, que protesta por la guerra de Iraq y llora con las películas de De Sica pero que aplaude las medidas de «flexibilización del despido en tiempos de crisis». De esta manera, a través de la saturación publicitaria y aprovechándose de la necesidad de la emergente progresía de revestir su ideología con cierto aire cultural y seudo intelectual, El País colmó el afán de esta nueva burguesía de obtener prestigio social mediante la adquisición de una cultura de fácil digestión y, por supuesto, que en ningún momento pusiese en peligro su recién estrenado statu quo. Si además los escritores alineados con Prisa cuentan con el aval de la Real Academia, de la mayoría de la crítica literaria y de los profesores universitarios, habremos creado el producto perfecto para vender libros a mansalva a un nicho de mercado que lo mismo lee un tochazo de Rosa Montero inspirado en la mesa artúrica como se traga el enésimo bodrio sobre la guerra civil de Benjamín Prados. A lo que algún crédulo bienintencionado podría alegar, «con su pan se lo coman», pero la gravedad del asunto radica en que los beneficios económicos de estas macroeditoriales controladas por Polancos, Berlusconis y Laras son una competencia feroz y sus réditos dependen de la eliminación de sus contrarios, por lo que únicamente se puede competir con ellos imitando sus usos y formas, es decir, editando la misma mierda, con el fenomenal desastre que esto entraña para la libre cultura.

Dicho periódico, y esto es irrefutable, ha marcado la pauta a seguir en lo que toca a comportamiento social, modo de vida, género de pensamiento, en mayor o menor grado, conducta política y, desde luego, ejercicio del periodismo. Pues, qué duda cabe de que hoy en día, tanto los que se supone sus competidores (El Mundo, ABC) como otros periódicos alejados un tanto de este cogollo, todos marchan a rebufo de la estela ‘paisana’, imitando a veces de manera burda sus iniciativas y copiando por lo general su estilo, de tal modo que no se puede hablar actualmente de la existencia de una prensa alternativa. [Pág. 50]

Y eso que el grupo Prisa del que habla Viñó no es el mismo que hoy se las ve y se las desea para encontrar socios que se hagan cargo de una deuda con tantas cifras que marea a quienes a partir de los 50 euros todavía hacemos las cuentas en pesetas. Muchas cosas han cambiado en la casa (digamos mejor mansión) de Prisa. Para empezar, el dueño ha fallecido y son sus hijos quienes gestionan a duras penas su herencia. Sus acciones pierden valor y la caída de ingresos por venta de publicidad, sólo en El País, es en los últimos meses de alrededor de un 20 por ciento. El formato televisivo de pago ha fracasado, y lo que en otro tiempo fue una fuente de abundantes ingresos (Canal+, Digital Plus…, o lo que es lo mismo fútbol, porno y toros bajo previo pago), hoy en día carece de sentido y si ayer tener un descodificador decoraba y daba más relumbrón que una escultura de Lladró, hoy sólo se encuentran en las tascas para ver el partido los domingos. Con esto quiero decir que Prisa pierde fuste, que ya no es la omnipotente corporación mediática de antaño y que le crecen los enanos por doquier. Pierde pastuza, sí, que es lo que les importa, pero no influencia. Desde sus televisiones y periódicos, Prisa todavía tiene fuerza para proponer reformas ejecutivas o presionar jueces, sobre todo ahora que su garante político se encuentra apoltronado en el Gobierno. Pero, vamos, que no seré yo quien ahora descubra la relación simpática entre Prisa y el PSOE (Prisoe lo llama los más chuscos haciendo juegos de palabras con los que la derecha se parte el ojete como antes lo hacían con las chirigotas de Arniches y Muñoz Seca). Y de igual manera que las críticas al partido socialista que rara vez se asoman a las páginas del periódico líder se compensan siempre con otras memeces cometidas por sus adversarios para relativizar su vileza (Millás es un especialista a la hora de disculpar las tropelías de sus amos. Ejemplo de estilo, «Zapatero autorizó 12 vuelos ilegales de presos a Guantánamo, ¡pero es que con Aznar casi 50!» o «a Zapatero le huele el culo, pero es que a Rajoy hasta la boca»), los mismos colaboradores del periódico siempre inhiben las faltas de su grupo mediático favorito. Pero en este caso no se preocupan en utilizar pillerías adversativas del tipo «El País miente, pero El Mundo, más», sino que directamente silencian cualquier crítica o si se desliza alguna es siempre tibia y muy matizada, como cuando las Cartas al Director encabezan siempre sus objeciones al periódico con fórmulas del tipo de «Me sorprende que un periódico de intachable trayectoria como El País haya cometido tamaño error…», como bien advierte Viñó.

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Como ejercicio para mañana, me entregan tres artículos del El País en donde se hable de la hermosura de los nietos de don Juan Carlos, dos cartas al Director donde se dé brillo al bronceado miembro de Obama y un extenso informe sobre la nouvelle cuisine de Adriá y los usos y costumbres de los pijos españoles. Son sencillas las tareas, ¿verdad?, pues para los más avezados de la hemeroteca les propongo una prueba más compleja. A ver, para mañana también, encuéntrenme en alguna sección de opinión del periódico una referencia a la huelga de trabajadores del El País que se organizó durante todo un fin de semana o sobre la centralización de la sección comercial del periódico que soliviantó a la redacción en bloque. No, no me valen las columnas de Rosa Montero plañendo por los ERE de Nissan o Roca ni las de Maruja Torres escandalizándose por la intención de la dirección del ABC de mandar a la calle a más del 50 por ciento de su plantilla. Ah, tampoco verán ni palabra de los más de 250 trabajadores de la cadena Localia, propiedad de Prisa, que se muerden los sabañones en la cola del paro con el cese de actividades de ésta. ¿Moral de chicle? ¿Principios de barro? ¿Obediencia debida? No sé, tal vez el acerbo españolísimo acierte de nuevo y ningún perro muerda la mano de su amo, refrán muy adecuado sobre todo por la elección del animal.

Pero, claro, las empresas no son instituciones de patrocinio y mecenazgo sino que se constituyen para ganar dinero, y vaya si lo hacen, a manos llenas. Absorben a la competencia, presionan a las librerías, compran premios, censuran las críticas adversas y apoyan sus novedades con abrumadoras campañas de mercadotecnia. Como sus modos son los propios de los campeones del neoliberalismo, monopolizan el mercado de la cultura y gracias a su posición de liderazgo imponen, deponen y posponen la oferta literaria en este país. Con lo cual no se conforman con vender bazofia y ganar dinero con ello, sino que condenan al resto de lectores a no encontrar novedades editoriales más interesantes que las noveluchas de capa y espada del hipermasculino Pérez Reverte y del hiposexual Juan Manuel de Prada. Este irremediable proceso de corrupción de la escena cultural española no podría llevarse a cabo sin la colaboración servil de los profesionales de la crítica literaria, ya sea en su faceta exegeta en suplementos culturales o como jurado al fallar ponzoñosos premios literarios. Éste es un aspecto analizado y muy bien documentado por García Viñó, el de cómo la inteligencia literaria en este país se confabula en favor siempre del más poderoso, para amordazar cualquier conato de protesta ante la oligarquía editorial y dar pábulo a las mayores idiocias en forma de libro. El ejército de adláteres y estómagos agradecidos con el que cuenta Prisa es numerosísimo, casi tantos como el número de sus tribunas: Alfaguara, Aguilar, Objetiva, Salamandra, Taurus, Santillana… (editorial); El País, La Razón-Bolivia, Extra-Bolivia, As, Cinco Días… (prensa); Revista 40, Rolling Stone, Cinemanía, Lux… (revistas); Cadena Ser, Radio Caracol, W Radio, Cuarenta Principales, Cadena Dial, Kbuena, Bésame… (radios); Cuatro, Localia, TVI, Digital+… (televisión); además de todos los .com de sus cabeceras, Kalipedia, ParaSaber… (Internet); Crisol (librerías a la que les quedan dos días, sino es que han cerrado ya, por cierto), Vips… (distribución):

Estamos en tiempos de dictadura editorial, de poder absoluto de las grandes editoriales que, para ejercerlo sin menor traba, se hacen dueñas también de periódicos, cadenas de televisión, emisoras de radio, centros culturales, cátedras (por medio de la «compra» de catedráticos), Academias (id.) cadenas de distribución y librerías. [...] en ningún lugar como en España se ha producido un totalitarismo cultural como el que padecemos. [Págs. 404 y 405]

Cínicos y capullos

Viñó demuestra y documenta cómo los mismos columnistas, editorialistas y escritores implicados son conscientes del moribundo estado de la novela nacional. La calamitosa situación de nuestras letras es tan evidente que los mismos causantes de esta devastación intelectual reconocen la decadencia alcanzada. De esta manera, de vez en cuando, los columnistas de El País nos sorprenden con algún artículo que llama la atención sobre la pésima salud de nuestra cultura.

Determinados hechos se producen en idéntica secuencia (i)lógica en las páginas de las publicaciones del grupo Prisa: a) Las empresas editoriales del grupo de empresas practican todo aquello que, en su conjunto, configura el condenable sistema de la industria cultural. b) El diario El País publica numerosos artículos (y hasta editoriales) en los que se condenan duramente esas prácticas, el sistema y los métodos de la industria cultural. c) Los autores de esos artículos nunca dan nombres de las empresas ni de los escritores que se benefician de esas prácticas perjudiciales para, por ejemplo, la novela, al buscar los intereses económicos antes que los culturales y hacer, en consecuencia, del libro un objeto de cambio y de uso. [Págs. 141 y 142]

La estratégica es francamente burda, como no se podía esperar de otro modo. Piensan que si su críticos más prestigiosos en nómina como Vidal Beneyto o Vicente Verdú (sin duda excelentes analistas de nuestra sociedad, opino) se escandalizan de vez en cuando por el empobrecimiento de nuestro entorno cultural, por la manipulación de las listas de los más vendidos o por la banalización de la literatura, pero sin mencionar que sus jefes y el medio donde escriben son los principales culpables de esta situación, piensan, repito, que el lector más despistado culpará a los otros de haber consentido alcanzar tal desvergüenza cultural. Si El País critica la desaparición de los valores estéticos de la novela es porque ellos son sus únicos defensores, si Verdú solloza cada dos semanas porque «la novela ha muerto», sin dar el nombre propio de quiénes la han asesinado, se presume que el medio que publica esta denuncia es el único que se ha preocupado por defender la supervivencia de la novela moribunda. Viñó los llama «capullos», yo, que soy más comedido, los califico de cínicos, otros sin nuestra educación dirán que son simple y llanamente unos malditos vendidos. Viñó rescata artículos en los que Beneyto habla en las páginas del diario matinal de cómo «el producto cultural no sólo ha sucumbido al destino mercantil de todo lo que cuenta en las sociedades actuales, sino que la proliferación y el polimorfismo de sus usos la ha convertido en una mercancía inevitable y trivial». A veces sucede que un crítico literario como el insigne José Carlos Mainer critica los métodos hermenéuticos de sus colegas en un medio tan sospechoso como el suplemento Babelia: «La crítica literaria valora objetos y sopesa mercancías: justifica los precios más que propone valores». Sin duda la demencia senil le impide acordarse de que las páginas donde escribe son las culpables de mercantilizar el arte y encumbrar a autores deleznables e ignorar a los meritorios. Olvida al mismo tiempo que su nombre firma los artículos que componen los últimos tomos de la Historia y Crítica de la Literatura Española (al cuidado de Paco Rico), en donde se deshace como un azucarcillo ante escritores prisianos como Millás, Marías o Muñoz Molina, escritores intrascendentes que nunca deberían ser ni siquiera mencionado en una historia de la literatura mínimamente rigurosa. Se da, por tanto, la paradoja holística que tanto enerva a García Viñó:

La mayoría de los críticos españoles, por no decir todos, tienen la (mala) costumbre de condenar en bloque la novela española del tránsito de los siglos, de señalar su bajísima calidad, mientras que, cuando se trata de obras individuales, las alaban con desmesura, sobre todo cuando son de Alfaguara o algunas de las editoriales en complicidad económica con ella como fábricas de libros: Espasa, Planeta, Destino, Tusquets, Anagrama y Plaza & Janés. Es para preguntarles cómo es posible que de la suma de tantas maravillas obtengan un total tan desastroso. [Pág. 372]

Otras veces la cabecera progresista juega a la confusión por si algún despistado se deja engañar. Por ejemplo, hace unos meses, en un lamentable artículo de dos páginas titulado «La cultura ya es de masas» se hablaba sobre la popularización de la alta cultura, de cómo libros, música y películas de prestigio intelectual triunfaban en las listas de los más vendidos frente a los productos de consumo prefabricados. Dejando a un lado la falaz argumentación del texto, en algún párrafo se hablaba del predicamento comercial de obras maestras como «Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, y Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, o, por citar un caso reciente, el libro de cuentos de Alberto Méndez Los girasoles ciegos». Sí, han leído bien, aunque a ustedes tampoco les guste un pelo que el último superventas de Anagrama se ponga al mismo nivel que el de grandes novelas de la literatura universal. Estarán conmigo en que hay maneras más sutiles de embaucar y vender libros.

Viñó destaca también los ejemplos de varios críticos habituales del suplemento cultural de El País. De uno de ellos, de Rafael Conte, comenta que en cierto artículo rechaza «la transformación del mundo editorial en una fábrica de hacer dinero, al haber apostado por el entretenimiento frente a la cultura con la llegada de la democracia». Obviamente esta opinión es compartida por todo aquel que esté atento al devenir editorial de los últimos años y lea de vez en cuando alguna de las novelas actuales que se venden como epítomes de la cultura occidental pero que no dejan de ser artefactos vacuos; lo chocante es que, al mismo tiempo, desde su privilegiada tribuna, Conte se dedica a cantar las excelencias de novelas menores de Juan Luis Cebrián, Eduardo Mendoza (las peores sobre todo) o de Maruja Torres y es asiduo miembro de jurados de premios que galardonan a juntaletras y pactan laureles sin ningún pudor. Al presidente de la Asociación Española de Críticos Literarios, Miguel García Posada, así como al crítico Sanz Villanueva (dicho sea de paso que tuvo a bien puntuar un examen mío con el único sobresaliente que ha conocido mi expediente académico, por lo que me batiré en duelo revertiano con todo aquel que ose atacarle) y a otros muchos similares, García Viñó les reserva divertidísimos epítetos y comprueba el alto grado de estulticia y cinismo que son capaces de alcanzar por dinero. Pero, perdonadme que no me detenga más de la cuenta en ellos, y emplazados quedan a leerlos de viva letra en su recomendable ensayo. Sí quisiera reseñar el llamado caso Echevarría para recapitular lo expuesto con anterioridad, y, además, porque fue un suceso que seguí con atención en su día y hoy compruebo su dimensión sumaria. Antecedentes: Ignacio Echavarría es un crítico literario asiduo y adepto del supletorio Babelia que se dedica profesionalmente a repartir estopa a quien le viene en gana y a ludir culos cuando los de arriba se lo ordenan, vamos, el día a día de cualquier oficinista. Dícese que un día aciago sus amos le preguntan cuál es la consideración que le merece uno de los escritores protegidos y con mayor proyección comercial de aquellos días, Bernardo Atxaga. Echeverría contesta que no es mala, que le parece un novelista interesante. Pues bien, le encargan la recensión de su último mamotreto de no sé cuántas páginas y al infeliz de Echevarría le caen lagrimones al pensar en el embrollo en el que se ha metido y que le hará replantearse su integridad como crítico literario, si algo así existiera en tal profesión. Cuando acaba de leer esta cagarruta, con el regusto a mierda en la boca, redacta la crítica que más tarde devendría en carta de despido. La exégesis de la novela de Atxaga se publica, aunque se censuran frases como ésta: «Ocasiones hay en que la indigencia narrativa admite ser tomada por indicio de incompetencia moral. Ésta parece ser una de ellas». Pero tras ella, el diario El País opta sospechosamente por prescindir de los servicios del crítico. Entonces se inicia un intercambio epistolar cargado de reproches y poca teoría literaria que acaba con Echevarría desterrado de las páginas del paradigma del progresismo español. Para los preboste de El País, la reseña de Echevarría era «una bomba atómica», «un arma de destrucción masiva» (que ya los mismos adjetivos son prueba de la tara intelectual de esta gente), improcedente con el buen gusto y buenos modos de su libro de estilo. No comentan en absoluto que el despido se deba a que el atacado fuera un protegido de Alfaguara ni que la norma de la casa sea dorar la píldora a los interfectos mercadotécnicos en los que invierte Prisa.

Queda al descubierto, en consecuencia, que la censura que implementa el grupo Prisa va más allá de condicionar ciertas posturas u orientarlas hacia una determinada ideología, no, la progresía no se anda con menudencias: puedes denunciar la decadencia de la cultura narrativa, puedes culpar a las editoriales del paupérrimo nivel literario de nuestras novelas, puedes preconizar el advenimiento de una sociedad sin trovadores, pero si das un solo nombre y haces peligrar su cuenta de resultados estarás vetado per secula seculurum en sus medios, que para un periodista significa, ni más ni menos, capar casi todas sus salidas profesionales.

La integridad, por lo que estamos viendo, no es un valor común dentro del sector de las letras. Hay excepciones, sin embargo. Está Viñó y la cuadrilla que lo secundan, pero su visibilidad en los medios públicos es poca (algo más en Internet, dónde si no). Rara avis toda su vida es Juan Goytisolo. No sólo es uno de los autores más preclaros de nuestra lengua sino que arrastra tras de sí un halo de incorruptibilidad que le confiere toda la credibilidad que al resto le falta. Viñó está de acuerdo, por eso transcribe un artículo que publicó Goytisolo a principios de 2001 en El País que sin duda debería ser lectura obligatoria en todos los institutos y academias, y no me refiero a los de educación secundaria. Ganas me sobran de reproducirlo aquí para regocijo y solaz colectivo, mas otras ocasiones habrá. En el libro de Viñó lo pueden encontrar entre la página 161 y la 167. Comienza del siguiente modo: «La decisión del jurado del Premio Cervantes (…) prueba de modo concluyente (…) la putrefacción de la vida literaria española (…)». Amén, amigo.

{Pendiente la segunda parte de este artículo}

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8 Comments

  • Estoy de acuerdo, la mayoría de lo publicado por las grandes empresas editoriales son bodrios que copan espacio (a punta de talonario o simplemente porque es suyo) y se reparten los premios y devuelven los piropos. Has puesto un montón de ejemplos y habría que poner unos cuantos más. Sin embargo, creo que metes demasiado deprisa a todos en el mismo saco. No es lo mismo un Juan Cruz(que tiene trabajo incluso en el AS y alabó hasta la nausea las lamentables primeras emisiones de Cuatro) que Vicente Verdú. O Manuel Vincent cuyo último libro es una puta mierda con Antonio Muñoz Molina que con El viento de la luna (y otra muchas) roza a veces la genialidad (me he pasado ¿no?), que se ha ido del diario y a veces lo criticó por su postura demasiado arribista con ZP.
    Y solo para finalizar, Millas es un excelente columnista y mal novelista. Tal vez el trabajo diario le agote para una labor narrativa más extensa. Pero esto son simples opiniones sobre gustos personales, lo importante ya sean buenos o malos, es que se permita una realidad editorial y crítica libre sin mercantilismo y servilismos mafiosos.

  • Que te ha parecido el artículo de Francisco Rico (Babelia 23/5/09) sobre la nueva edición comentada de El Capitán Alatriste (Alfaguera)? También es un pelota? A mi me ha parecido demasiado hagiográfico, Alatriste está bien (y comparto sus razones: un héroe característico, realismo y veracidad del contexto histórico) pero de aquí a llegar a ser ya clásico de nuestra literatura hay un buen trecho que creo que une un puente llamado Alfaguara (Lo peor es cuando ensalza el resto de su obra).
    Y me pregunto ¿Este hombre necesita hacer la pelota a Prisa? Y si es así ¿en qué país vivimos para que nuestros más importantes intelectuales dejen de pensar y sean unos simples plumillas?

  • Para A.:
    Me alegro que esté de acuerdo con Viñó, por mi parte; en su mayoría, también coincido con él. En cuanto a sus objecciones, supongo que entre el grupo de damnificados por los insultos de Viñó, habrá escritores mejores y peores. Tú pretendes sacar del saco a Verdú y a Millás. El primero me parece, como digo en alguna parte del artículo, «un excelente analista de nuestra sociedad»; y en cuanto a Millás, estoy contigo en que es un pésimo novelista, pero además, pese a que en un principio su trabajo periodístico me pudo interesar (en un principio, digo), hoy por hoy, repite machaconamente la misma fórmula columna tras columna, es plomizo, pelota, sesgado y poco ambicioso (en lo que se refiere a estética, porque gusto por los euros parece que le sobra). Millás representa actualmente la peor bozofia editorial de Alfaguara como pocos.
    Para sr. Swann:
    Mal camino llevas Swann, si crees que el superfilólogo es «un imporante intelectual». Desde hace tiempo, en el gremio se le toma por el pito del sereno, por fatuo, epatante y narcisista. ¿Qué quiere que piense de este artículo? ¿De un texto escrito por el filólogo en nómina de El País en el suplemento de propaganda cultural de Prisa, sobre una edición crítica publicada en Alfaguara de un escritor de bestsellers adscrito al régimen polanquista, amiguísimo de la Academia (junto con Marías, los Chicos malos de la RAE, los llaman)? ¿Qué voy a pensar? Muy ingenuo habría que ser para no darse cuenta de que es una nueva maniobra mercantilistas y contra la cultura (que no contracultural) del Emporio de las que bien denuncia Viñó. Hablar de Alatrsite como personaje clásico de nuestra literatura es tan enojoso para nuestras letras como que su autor campee por la Real Academia.
    Ah, y como la edición crítica de Alatriste sea tan rigurosa como la que hizo Paco Rico para el aniversario de El Quijote mal vamos. Se dice que para hacer esta edición conmemorativa, que se vendió como la edición definitiva de la novela definitiva de la literatura española, Rico cogió a tres becarios de su departamente y les encargó que fusilaran las anotaciones de ediciones precedentes, sin más. Me lo creo, esta gente funciona así: sin pudor ni prejuicios.
    Saludos

  • Es imprescindible el trabajo que está haciendo este hombre y sus secretos amigos. ¡Olé!

  • ¿De qué se ríe Alarcón?

    Entre sus novedades ha publicado hace poco una graciosa novela negra de ficción intitulada Entre ceja y ceja, de la cual no me resisto a transcribir su sinopsis disponible en la Red:
    Esta novela aborda el pulso que un torturador y el padre de su víctima mantienen durante años. La historia comienza en el año 2002 cuando Jon Ander, junto con otros amigos, es detenido, torturado y encarcelado por inculpaciones que, más tarde, se demostrarán falsas. El padre de Jon Ander, ante la impasibilidad de jueces y políticos, opta por airear en la prensa, machaconamente, el caso de su hijo. El ertzaina Manuel Salvidela va desgranando recuerdos a medida que lee los periódicos: alguien sabe de su profesión, conoce su ensañamiento, no teme a su impunidad y, para colmo, pone en evidencia ante los tribunales y la opinión pública, a sus jefes, los intocables, los últimos responsables.
    Sabido es que estas cosas ocurren en las repúblicas bananeras. ¿Cómo va a ocurrir algo así entre vascos y entre demócratas?
    Si ya han terminado de reírse a gusto, no abandonen la sonrisa, porque ahora paso a comentar….”

    ¿novela negra de ficción? ¿No sabe de que se refiere a hechos reales? Ignora que el hijo del autor, fue detenido, torturado y encarcelado y luego se demostró que todo era un montaje policial? ¿De qué se ríe Alarcón? De la persistencia de la tortura? De los encarcelamientos erróneos que ésta consigue a base de inculpaciones falsas? ¿Del sufrimiento de un padre que apenas acabar su novela-testimonio murió amargado por la impotencia y la injusticia? ¿En qué se diferencia Alarcón de El País al que tan acertadamente critica?
    Jose Mari Esparza Zabalegi
    Editor de Txalaparta

  • En lo referente a la editorial Txalaparta, de la que soy un lecto habitual… se tendría que juzgar un libro en base a su calidad literaria, no juzgarlo en base a si el libro es o no de ideología independentista. Ni tampoco encuentro válido juzgar a un autor o libro a partir de la casa editorial que a decidido publicarlo, yo he leido “El País, la cultura como negocio” de Viñó, y dice grandes verdades, por lo cual, es lógico que ningun editor de “los grandes” accediera publicarselo.

    Sr Alarcón, su artículo es bastante tendencioso, y acostumbra a caer en el ataque ad hominem… esto es, intentar descalificar a una obra, descalificando primero a su autor, algo poco original.

    Saludos

  • Manuel García Viñó, agrupó hace años algunas de sus colaboraciones en “La Fiera” en el libro “El País”. La cultura como negocio (Txalaparta 2006). El hecho de que un libro de estas características aparezca publicado en una editorial de nauseabundas afinidades puede obedecer a dos motivos: o bien ello obedece a una elección del autor, o bien éste no ha encontrado otra posibilidad de hacerlo salir a la luz

  • Bueno, más que un post esto es una tesis doctoral, mala, pero tesis: un coñazo, vamos.

    Se ríe Vd., por ejemplo, de Gª Trevijano (al que no pretendo defender, él sabe hacerlo solito) y supongo que será por envidia: Vd., con el mío, tendrá aquí 8 comentarios. Entre en el blog de Trevijano y mire los comentarios que reciben sus artículos, es decir que ya quisiera Vd. que le leyera tanta gente como a él.

    De coña.

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