Cine y TV

Consideraciones sobre Albert Serra

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Seguramente es al contemplar una película de Albert Serra cuando uno se pregunta más que nunca la eterna cuestión: qué es el arte, cómo puede ser definido, dónde yacen sus fronteras, qué hace que una obra de arte se aparte inexorablemente de su definición, etc. Y, en el caso de Albert Serra, deberíamos preguntarnos hasta qué punto la obra de arte continúa creciendo, modificándose, polemizando, haciéndose fuerte o débil, junto con el personaje; es decir, cuán entrelazados están la obra y su autor, hasta qué punto obra y autor son inseparables, hasta qué punto el personaje “daliniano” (como le han calificado ya algunos y del cual Serra se declara fanático) que ha creado él mismo, mejora o empeora la obra por él producida, aunque deberíamos hacer un esfuerzo para valorar la obra del artista desligándola de la persona: ahí tenemos el ejemplo de Caravaggio y tantos otros, del que se dice que fue autor de un asesinato, pero la calidad de la obra del cual nadie pone en duda. De ningún modo queremos poner en duda la bondad de Serra como persona, pero sí hacer hincapié en su modo de provocar al público con afirmaciones como la del festival de Gijón, donde dijo que de alguna manera se aprovechaba de sus actores “porque son un poco tontos y no se enteran mucho” y “que uno está medio sordo y eso…”. Así mismo, y dadas ciertas contradicciones en los discursos de Serra, su obra se debe valorar dejando de lado tales discursos, que cumplen creemos una función muchas de las veces provocativas y que contribuyen a crear cada vez más esa aureola esteta-daliniana alrededor del personaje de Serra. Alguien dijo una vez: “si se consulta el suficiente número de expertos, puede confirmarse cualquiera opinión”; de la misma manera, en el caso de Serra podríamos decir que si se consulta el suficiente número de opiniones de Serra, podemos confirmar casi cualquier opinión sobre su persona y obra (acerca del ya famoso tema sobre la SGAE y los derechos de autor, acerca de la contaminación de referentes cinematográficos de Serra, etc.). Pero lo que sí está claro es que, guste o no, Serra es actualmente uno de los directores de cine españoles que más caché posee en Cannes, apareciendo además este año en el cartel oficial; festival que, como sabemos, es uno de los que más validez tienen del mundo (en términos de calidad artística), si es que alguno tiene validez (aunque una parte del público y crítica empiece a restarle esa validez desde que Serra ganara el premio al mejor director novel del 2006 por su película Honor de cavalleria).

Lo que no podemos negar es el punto de originalidad que posee la obra de Serra; en cualquier definición de “buen arte” debería de aparecer lo que llamaríamos “plus de originalidad”, y si algo posee la obra de Serra es ese plus: cuando uno contempla ya sea Honor de cavalleria o El cant dels ocells, se tiene la sensación de estar ante algo nuevo, descontaminado (de hecho Serra afirma no tener referentes cinematográficos, se vanagloria de no haber estudiado nada de cine, de ser “puro” en esta profesión, de no tener televisión en casa desde los 18 años, …) y aburrido a ratos, pero como se dice en Fábulas de lo visible de À. Quintana “si el objetivo principal del cine es el de representar la realidad, y el aburrimiento forma parte de la realidad, ¿porque no representar también el aburrimiento en el cine?”, ¿cómo se consigue eso? Simplemente haciendo lo que Serra hace: mostrar largas secuencias donde no pasa nada o casi nada, largos minutos donde uno corre el riesgo de quedarse dormido a no ser que sea casi un experto en cine contemplativo (Angelopoulos como mínimo) o se tenga el sentido poético en la vista, ya que lo que no podemos negar es la carga estética-contemplativa de la mayoría de las imágenes de las películas de Serra. ¿Qué hace Serra pues con “el Quijote”? Serra busca de momento en sus películas presentarnos temas míticos, historias que no es necesario contar a nadie porque todo el mundo ya conoce: Honor de Cavalleria es un ejemplo claro así como también El Cant dels ocells, film que nos muestra un trozo de viaje de los tres reyes magos sin mostrarnos exactamente de dónde vienen ni adónde van. Es la intención de Serra el escapar de este mundo, ya que Serra tiene una opinión harto pesimista del mundo real: “Estoy totalmente convencido de que el mundo que vendrá será mucho peor que el que he vivido; la gente con la que deberé de tratar (en un futuro) será un desastre”; en este sentido Serra es el prototipo de artista pesimista pero que vierte su optimismo, inocencia y buena fe en su obra, de manera similar, por poner un ejemplo, al escritor Pérez-Reverte, el cual vierte su pesimismo en sus geniales artículos pero que, en cambio, es autor también de un maravilloso mundo de novelas de ficción de espadachines. Serra hace pues algo que no se le había ocurrido hacer a ningún otro director de cine ni de teatro ni de series de televisión hasta la fecha y es el presentarnos una versión del Quijote donde, como decíamos antes, no ocurre nada o casi nada, con pocos diálogos, la mayoría de ellos absurdos o banales, actores totalmente desconocidos (que no son ni actores, de hecho, Serra los ha convertido en actores) e inexpertos, (algo que ayuda a reforzar esa no-contaminación de referentes cinematográficos), poca cantidad de actores, muestra de paisajes naturales, escenas al aire libre, juegos con la luz rodando en momentos dispares del día,… todo ello en este caso, reforzado con la impagable aparición de Albert Pla, uno de los personajes más curiosos de la historia de Catalunya; todo ello nos conduce a lo que algún crítico ha bautizado, creo que con acierto, como “surrealismo hiperrealista”: en efecto, surrealismo sobre todo por la falta de un guión “serio”, por los comentarios absurdos que quedan, por decirlo de algún modo, descontextualizados, por la falta de un sentido (es decir, la ausencia total del esquema presentación, nudo desenlace y tantos otros parámetros hollywoodienses clásicos); hablaríamos del cuadro en blanco, el cual podría ser catalogado como ejemplo máximo, o el último paso del surrealismo, de la no-figuración, el retorno del arte de las cavernas, algo que Serra ha conseguido realizar en cine en su último film El Cant dels ocells, dónde el paisaje es mucho menos físico, agresivo y abrupto que en Honor de Cavalleria, y por tanto, más cercano a la máxima abstracción en el cine. De ahí el hecho de grabar los paisajes en tierras como Islandia o Lanzarote, paisajes volcánicos, “casi lunares” en palabras de Serra, lugares desiertos que contribuyen a crear imágenes planas, donde apenas aparecen unas cuantas líneas, lo que se aproxima sobremanera a esa “total abstracción” que busca Serra; pero a la vez hiperrealismo: el hecho de grabar en digital permite más movilidad en el manejo de la cámara aumentando la sensación de realismo, el hecho de grabar al aire libre y con actores noveles, la espontaneidad de los diálogos, el hecho de representar la realidad del aburrimiento presente sin duda en la vida de cada uno de nosotros, … todo ello hacen de las películas de Serra una extraña de mezcla de surrealismo pero realismo a la vez. A ello también ayuda el curioso método de grabación de Serra, método que, si nos hemos de fiar de sus palabras, tiene intención de escribir y patentar para “que todo el mundo sepa que soy yo el inventor”: sus actores no pueden mirar nunca a la cámara ni a él, no pueden dejar de moverse, esto es, actuar, y deben siempre reaccionar cuando Serra les da una orden expresamente confusa por un teléfono que previamente les ha dado, creando así una serie de movimientos y diálogos descontextualizados y absurdos entre los actores que es lo que Serra dice que confiere la magia de esas largas secuencias, secuencias que serían más aburridas sin ese actuar surrealista y espontáneo de los actores. Y es ahí en ese continuo devenir de los personajes donde cobra sentido lo que Serra dice cuando afirma que lo que hacen sus actores no es representar sino presentar; en efecto, sus personajes “crean” en el sentido más fuerte de la palabra, con toda la espontaneidad de que es posible echar mano con la ayuda de ese novedoso método que va como anillo al dedo, y además acompañado todo ello de la antítesis del amaneramiento en lo que se refiere al actuar, ya que sus actores carecen de referentes cinematográficos y por lo tanto no pueden mostrarse más espontáneos. Sería casi necesaria una falta total de prejuicios, la libertad y “tabula rasa” de un niño para poder contemplar una film de Serra y poder disfrutarlo ya que la sociedad occidental está contaminada de referentes yanquis, acostumbrados a la acción sin freno de los films de Hollywood, algo de lo que, al fin y al cabo, tiene la culpa la televisión, y en última instancia, nosotros, por verla. El mismo Serra nos lo dice: “Me preocupan todas las imágenes que ahora mismo tienes en tu cerebro, no sólo tú, sino el 90 por ciento de la población, las cuales son creadas a través de la televisión”.
Podríamos considerar a Serra, a quien gusta no ser bien recibido por la crítica, o, como mínimo, por la mayor parte de la crítica (ya que, como afirma acertadamente “si intentas hacer una cosa de vanguardia y el público te sigue, quiere decir que ya no estás en la vanguardia”) como un “trabajador del cine”: si hemos de hacer caso y valorar sus afirmaciones, Serra no tiene vocación de cineasta ni es un “enfermo del cine”, algo así como Gabriel Batistuta, el gran delantero de fútbol, el cual afirmaba que no le gustaba el fútbol, que no miraba partidos en casa, que simplemente jugaba al fútbol y metía goles porque ese era su trabajo, le pagaban muy bien y además se le daba de maravilla.

Así pues, el caso Serra (la obra del cual hemos de empezar a juzgar independientemente de su personaje para que no se acabe convirtiendo en “carne de youtube”) nos muestra que siempre queda una oportunidad para los directores noveles con ciertas luces y bajo presupuesto para llegar al “gran público”; de hecho en algún momento Serra ha afirmado y con razón que “soy seguramente el director español más arriesgado de los últimos diez años” ya que casi sin subvenciones ni televisión (aunque en El cant dels ocells sí hay una aportación de TV3), este “pigmalión” del cine ha cosechado el éxito a nivel mundial (entre el sector de la crítica más intelectual cabe decirlo) partiendo casi de la nada y “arriesgando al 100 %” el capital que utilizó para realizar su primer largo Honor de cavalleria. Veremos si la historia al cabo de los años le coloca en el puesto que él dice le corresponderá: “Dentro de 50 años sólo se me recordará a mí y a Almodóvar”.

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2 Comments

  • Siempre es de agradecer que se hablen de este tipo de directores más ocultos. Hace un tiempo Miguel Marías en unas jornadas en el Caixa Forum en Madrid señalaba como mejor película del año a Honor de cavalleria, no dijo el nombre del director y preguntó si alguien lo sabía, ninguno supimos responder (imagino que le encantaría quedar como el más cultureta de los que estábamos allí). Lo mismo, según él, paso en Barcelona.
    Cuento esto para evidenciar que es necesario hablar de este tipo de directores y sacarlos del anonimato producido en parte por la distribución y los med. de comunicación. Luego estará que te guste o no pero primero tienes que conocerlos para bajarlos del emule (pues otra manera es casi imposible).

    pd: tengo honor de cavalleria en el disco duro y no la he visto. Me he saltado un par de párrafos por si contabas algo de la película (aunque poco creo que haya que destripar). Espero que no dijeras nada muy importante. Lo siento.

  • el señor Serra no es más que un producto institucional de y para intelectualillos COOL, su constante desprecio a los actores o incluso pera los propios personajes de los que nada le importa su psicología o sus motivaciones no hace más que remarcar un ego por encima de un hiphopero argentino

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