
En este número de Sísifo, el 47, nos planteamos, entre otras cosas, la autonomía de la obra de arte respecto a la naturaleza, tal y como apunta Oscar Wilde y rescata Francesca Viana en su artículo sobre Ed Pien.
La autonomía jamás puede ser total. El creador, la creación, depende de la realidad, aunque sea la más fantástica y/o surrealista del mundo. Una realidad interior, mística, o exterior, un compromiso político o ético. Aún pensando que creamos en el límite colindante de lo irreal, lo hacemos desde un objeto físico, palpable, finito. Un objeto que se transfigura, que es mediatizado. Con él, seguramente, querremos generar ideas, luz, sombras, que serán etéreas, sin masa ni peso y, por lo tanto, infinitas. Pero el origen es ése, el cuerpo, del que pinta, de lo que es pintado.
El arte tampoco es autónomo respecto a la cosmovisión que más domestica, la propia, que llena de (pre-)juicios la pincelada (o la letra, o la voz, o la mirada) y que, mediante la estética, se pueden ir mundo, pero que están allí, siempre a punto de emerger, haciéndose valer como un cáncer que nos corroe. Pero no es para tirarse por las escaleras. El arte, la creación, no es el sinónimo – como se ha dicho tantas veces – de la libertad, porque la libertad es una quimera, un concepto plano, una imagen.
Lo interesante está, pues, en la brecha, en el fragmento, en el paratexto. Es la recepción, la intertextualidad, la frustración – o la comprobación – del horizonte de expectativas. Hay posibilidad de penser autrement. Y tanto. En la interpretación creativa (que no habla de la obra, sino que la re-crea), en el verso que apuñala a un corazón herido, en la danza del negro y blanco, en el sonido de una máquina de escribir que define nuestra soledad. No es fácil, pero es lo único gratis que queda, la elección propia, la única autonomía posible, la que nos besa la boca.
[Foto: Imatges.net]


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