La banalidad del mal

Escrito por

zoran

“Él jamás  odió  a los judíos, y nunca deseó la muerte de un ser humano. Su culpa provenía de la obediencia, y la obediencia es una virtud harto alabada. Él no formaba parte del reducido círculo directivo, él era una víctima, y únicamente los dirigentes nazis merecían el castigo (…) Eichmann dijo: ‘No soy el monstruo en que pretendéis transformarme…, soy la víctima de un engaño”

[Marrades, Julián. Artículo La radicalidad del mal banal, en Logos. Anales del seminario de metafísica, vol. 35., Valencia, 2002]

Adolf Eichmann fue un general que pertenecía al Servicio de Seguridad de las SS, donde cumplía como funcionario de grado medio realizando tareas de planificación y organización en las deportaciones masivas de judíos a los campos de exterminio.  Eichmann estaba perfectamente enterado de cómo funcionaba todo el mecanismo de aniquilación, además no era un individuo perturbado, tan sólo realizaba su deber ante la ley. En el juicio llevado en Jerusalem no le creyeron, sentenciaron  que era sádico y perverso, además de mentiroso intentando  enmascarar su culpabilidad para evitar responsabilidades; fue condenado a pena de muerte por  la omisión de quince delitos, varios de ellos contra la Humanidad y contra el Pueblo Judío.

Hannah Arendt, que asistió al juicio, se preguntó si realmente no odiaba a los judíos tal como afirmaba. ¿Mentía para evitar responsabilidades o realmente sus actos eran fruto de su obediencia y lealtad a la ley y a las órdenes? Arendt llegó a la conclusión de que se trataba de un tipo normal, del montón, y que fue la falta de pensamiento, de reflexión, la que provocó que no llegara a distinguir el bien del mal.

El concepto de “banalidad del mal” de Arendt hace referencia a este fenómeno, un agente del mal capaz de cometer actos objetivamente monstruosos sin motivaciones malignas específicas, y lo más grave es que precisamente hubo muchos hombres como el propio Eichmann que no fueron ni pervertidos ni sádicos, sino terriblemente normales. Esta banalidad del mal está relacionada con el intelectualismo moral de Sócrates, que defendía que el mal se comete por falta de reflexión, y por ello no es necesario poseer ninguna dimensión demoníaca para llevarlo a cabo. Aún así, ese mal manifestado en el fenómeno del holocausto no puede ser explicado simplemente haciendo referencia a una falta de reflexión, sino como decía Arendt, se dirige más a una lección hacia lo que puede llevar un aislamiento de la realidad junto a una falta de pensamiento.

Con “el aislamiento de la realidad” se plantean las innumerables cuestiones acerca de la perversión de las costumbres y de todo aquello a lo que se le llama normal. El biopoder se ocupó de regular ciertas prácticas para que el mal se normalizara y fuera habitual, para que Eichmann no tuviera pesadillas por las noches. Además los nazis delegaron en las mismas víctimas (los integrados en los Sonderkommandos) la parte de trabajo más sucia, para contribuir a mantener sus conciencias limpias. En una situación así, en la que el mal se asienta en el día a día y se vuelve algo normal, los supuestos límites quedan desbordados. Todo se desdibuja. En situaciones de extrema radicalidad las víctimas pueden llegar a convertirse en verdugos, sin que por ello tengan que estar llenos de ira. Este es el llamado fenómeno de la zona gris, cuando no hay un límite bien demarcado entre víctimas y verdugos, sino que ambos bandos se encuentran mezclados.

A última instancia esto conlleva a un planteamiento holista de gran peligro, porque el individuo moral se queda sin responsabilidad debido a los factores externos que ponen en cuestión su propia libertad, porque la libertad no existe como un ente aislado, sino que viene dada en cualidad histórica. Pero por otro lado, sería muy cretino negar que, a pesar de todo, existieron personas terriblemente normales que se negaron a participar en esas atrocidades.

Gracias Ana.

Imagen: Zoran Music

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3 Comments

  • ¿puedo preguntarte de que nacionalidad eres?
    ¿cual es la constitución que rige las bases de tu legalidad en cuanto ciudadano?
    ¿puedo preguntarte que comes?
    ¿donde compras los zapatos?
    ¿y a quien pagas el agua y la luz que te mantienen cómodo y confortable?
    y siendo así, no creo que tu responsabilidad para con alguno, (sea chino, senegales o chileno), sea inferior a la de Eichmann. Parece que el orden de cosas no puede cambiar, “¿que podía haber hecho yo?, hice lo que cualquiera habría hecho aquello no era malo ni ilegal” . por supuesto no pretendo restar responsabilidad a Eichmann para que descansemos mas cómodamente esta noche, mi pregunta va dirigida a extraño lugar que es la inteligencia ¿que podemos aprender de todo esto?
    hablamos demasiado rápido sobre cosas que deberían ser mas meditadas.
    no se como podría el Holismo ser mas peligroso que que una máxima universal, al fin y al cabo si me entiendo como un sujeto conectado al mundo mi conciencia y mi cuidado de aquel serian equivalentes al cuidado propio.
    lo que no tiene mucho sentido es posicionarse en el holismo y seguir hablando de libertad, al fin y al cabo la libertad es la garantía de la autonomía,constitutiva de mi identidad… si soy parte de un todo, y asumo que mi visión sobre eso que soy es limitada ¿tiene sentido seguir hablando de libertad? ¿la libertad no se concebía como el motor de la autonomía y garantía de la identidad? ¿no correspondería a esa perspectiva un poco de humildad?
    ¿tiene sentido seguir hablando de libertad o el peso de constituir la identidad debería recaer en otro lugar; en una proyección hacia “lo otro” un compromiso con lo desconocido… la búsqueda de una determinada armonización con el presente, a través de la autonomía crítica…?

  • Tiene sentido hablar de holismo y de libertad, pero a partir de un reemplantemaiento de ésta última, sin idealismos absolutos que caigan en un individualismo romántico, sin máximas universales que pretendan ser más de lo que son, sino desde la historia, desde el contexto, desde la enmarañada red que nos confunde y absorbe, que nos hace a fin y al cabo lo que somos; y en esa complicada situación y circumstancia, es donde podemos (y me atrevería a decir “debemos”) llevar a la práctica la autonomía crítica como método racional esperanzador para poder llegar a ver un poco más que un simple miope.

    Por eso Eichmann no es una víctima, sino un vago peligroso, que se enorgullece de ello.

    Por cierto, vagos y peligrosos somos tod@s en cierta medida, tan solo que a veces un hedor insoportable te recuerda que algo no va bien, y es entonces cuando empiezas a actuar. Pero primero tenemos que oler.

  • Pilar, gracias por tus excelentes reflexiones. Hace bastante tiempo que leí: “EL juicio de Eichmann en Jerusalén” de Hanna Arendt, y me quedé sin leer el capítulo final, pero me sorprendió la capacidad reflexiva de Arendt sobre esta clase de sujetos. En todo caso, no creo que esta “banalidad del mal” propuesta aquí, sea comparable con lo que planteaba Sócrates, ya que este concluía que el ser humano cometía injusticia por ignoracia, y que esto merecía ser motivo de “compasión” y no de ira. Es difícil seguir a Sócrates hasta ahí, y supongo, como tú bien lo dejes entrever, que Arendt iba más allá en su análisis. Jamás soportaríamos, supongo, dejar resquicios, ni siquiera teóricos, que siquieran insinúen una leve “disculpa” a la responsabilidad que le correpondió a estos individuos.

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