
“Experimento un desgarro que se agrava sin cesar, a la vez en la inteligencia y en el centro del corazón, por la incapacidad en que me encuentro de pensar al mismo tiempo, dentro de la verdad, la desgracia de los hombres, la perfección de Dios y el vínculo entre ambos”.
Era un tres de febrero de 1909 cuando Simone Weil, de ascendencia judía, nació en París. Se la puede considerar acuario, pacifista, activista política, mujer, mística, proletaria, internacionalista, filósofa, inmigrante, escritora, entre otros atributos tan dispares como iguales. Por encima de todo ella
prefirió centrar su atención en desarrollar la cultura obrera, en enseñar, aprender y luchar antes que preocuparse por los asuntos domésticos o por su aspecto personal, tan poco escrupuloso en el vestir; era una mujer que se sentía libre y que luchaba cada día por conseguir una autonomía aún no considerada como ‘normal’ por aquél entonces.
Tuvo un romance fugaz con los inicios del trotskismo, amor que se truncó tras la Revolución Rusa al notar una falta de singularidad en todo aquel conjunto, porque ella se oponía al sacrificio del individuo por la colectividad, motivo que le llevó a estar en posterior desacuerdo tanto con el estalinismo como con el fascismo. Otra de sus críticas más sociales fue la que encabezaba su fiel rechazo al maquinismo, uno de los factores de opresión más relevantes del sistema económico capitalista, ya que al dividir los enlaces facilitaba el desarraigo de la clase obrera. Su colaboración en los cursos para obreros desarrollado en Saint-Etiennè, sus numerosas conferencias, sus viajes de apoyo a la ‘Revolución española’ del ’36, aún alegando la no-intervención respecto a la guerra por el desarme, y sus innumerables artículos y trabajos como voluntaria, denotaban un interés por el desarrollo de una cultura obrera no sólo intelectualista, que liberase a aquellos ‘que saben manejar las cosas’, de la dominación de aquellos otros ‘que saben manejar las palabras’. Tal fue su posición materialista que en 1934 pidió una licencia en el colegio donde impartía clases de filosofía, para trabajar todo un año en una fábrica donde pudiese ordenar sus reflexiones teóricas y comprobar, in situ, la esclavitud industrial tan humillante para el trabajador.
Poco antes de la invasión nazi del 14 de junio en París, Weil y su familía se trasladaron a Marsella, y más tarde a Nueva York, para luego regresar al poco tiempo a su Europa añorada. En estos años se produjo un cambio de paradigma en la vida de Simone, pues como ella afirmaba ‘lo real es esencialmente la contradicción’, la riqueza de lo no absoluto. Es en esta época tan fructífera cuando el tema religioso ocupó gran parte de su tiempo aunque sin abandonar los lazos sociales. Rezó por primera vez, incluso tuvo impresiones místicas, acompañado de una práctica religiosa negativa respecto a los sacramentos católicos establecidos, más acorde con una visión privada del deseo. Tras meses de intenso trabajo y creación fue ingresada por debilidad general. Era un veinticuatro de agosto de 1943 cuando Simone Weil, con 34 años, murió en Ashford.

