
El próximo 4 de enero se cumplirá el 50 aniversario de la muerte de Albert Camus. Para darle los honores que se merece, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, quiere trasladar los restos del escritor al Panteón de París, junto a figuras de la talla de Rousseau, Zola o Hugo. Pero tendrá que obtener el consenso de la familia, que duda. Y no nos extraña que no lo tengan claro cuando el genial escritor escribió sobre los políticos que “cada vez que escucho un discurso político me asusta lo poco de humanidad que hay en él. Siempre son las mismas palabras, con las cuales se difunden las mismas mentiras”.
Los mitos, y los iconos, se pueden utilizar para re-actualizar problemáticas universales – como lo hizo el propio Camus con Sísifo o Prometeo – o para desarticular la fuerza de un discurso potente, vivo, que aún hiere. Si Albert Camus se convierte en un símbolo, simplemente, perderá la fuerza de su “hombre rebelde” o, en todo caso, quedará como una artificialidad más dentro de la historia de la literatura. Un sello más para Francia. Un busto, una marca, un logo. Y Camus no hablaba de revolución para salir en los pósters de moda, sino porque creía firmemente en lo que decía. Tanto, que acabó peleándose con Sartre, compañero de existencialismos.
No vale para nada la estética sin una ética que cargue con la piedra, con la monotonía. Según Camus, lo que Prometeo significa para el hombre de hoy es la esperanza que nos brinda la oferta técnica, sin que ésta pueda separarse de la estética. El hombre demanda, al mismo tiempo, y de forma irrenunciable, tanto oportunidades de felicidad como de belleza.
Nuestro fanzine nació por la admiración a esa reinterpretación constante e inteligente del mito clásico, esa energía que desprende el relato de alguien que ha sido condenado a la civilización, a la continuada rutina, a mirarse al espejo y ver únicamente un hombre-masa. Somos forasteros de una vida que no podemos protagonizar, a no ser que encontremos brechas por las que expresarnos. Nos decía que “no hay destino que no se venza con el desprecio”. Y hay que despreciar, desde cualquier tribuna, los falsos elogios, mucho más peligrosos que las críticas. Que cada uno se construya sus propios panteones.



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