En la infancia una duda no resuelta es un misterio. Y mi duda, es decir, mi misterio giraba en torno a lo que cada mañana mi abuelo simbólico recitaba desde su balcón.
Entre este abuelo simbólico y yo no había lazos de sangre. Él había ocupado ese lugar en mi imaginario porque, a diferencia de los padres de mis padres, él era la persona mayor que estaba siempre a mi lado cuando era pequeña. Y digo al lado porque era mi vecino.
La relación entre los dos era bastante atípica, lo admito, pero siempre funcionó. Nos comunicábamos de balcón a terraza. Y aunque no era exactamente comunicación, sino más bien una suerte de espionaje por mi parte, lo cierto es que de aquella relación aprendí a preguntarme sobre algunas cosas.
Mi abuelo simbólico se ocupaba diariamente de los quehaceres domésticos y yo, que le observaba desde un rincón de mi terraza, me preguntaba por qué en mi casa siempre me decían que lo normal era que limpiasen las niñas.
Como era un abuelo, también tenía sus manías, claro. Y una de ellas era que no le gustaba tirar nada. “Esto sirve todavía” me decía, y yo me preguntaba cómo hacía para conservar así las cosas.
Mis ojos de niña alucinaron el día le vieron coser una tapa de plástico. Entonces me pregunté ¿por qué hace eso si todos me dicen que el plástico es tan barato?
No obstante, lo que más me intrigaba de él era su costumbre de recitar cada mañana las mismas palabras. Aquello era para mí todo un misterio. ¿Qué era eso? me preguntaba.
Con los años descubrí que era la internacional anarquista lo que mi abuelo simbólico recitaba desde su balcón. Pero esta vez ya no tuve que preguntarme por qué lo hacía.



facebook: