Mannheim: “el temps de treball al món de la necessitat, i el temps lliure al món de la llibertat”
La existencia es cara, demasiado cara, y lo caro se paga. De forma paradójica compramos tiempo futuro, con el tiempo presente, para un mañana cargado de condicionales, y con recargas de posibles frustraciones por un descuido en la lista de la compra.
Y es que la voluntad es cara, y el querer y el soñar y, sobre todo, amar. Porque conseguir algo de felicidad es lo que más tiempo necesita, y el tiempo, que es el oro de la vida, nunca es suficiente si no somos Fausto. Es la tragedia de la existencia, la tragedia de Santa Teresa que vive sin vivir en si, con hipotecas imposibles.
Y es que ya no somos nada. A duras penas estamos a partir de lo que tenemos. Pero qué es lo que tenemos. Compramos un poco de tiempo libre para racionalizarlo en pequeñas dosis, no sea que nos encontremos en algún desierto inóspito por falta de riego, o con algún aburrimiento inesperado que nos recuerde la esencia pasada de lo que no fue pero pudo haber sido, cargado de añoranzas perversas.
Y es que de fantasmas está hecha la persona. De máscaras también. Saturando por aquí, minimizando por allá y pensando de vez en cuando, algunas alternativas que puedan hacer posible una oxigenación digna. La desaceleración de los gastos, de los ingresos y, por ende, del cáncer especulativo, puede llegar a ser un semáforo en verde para estos tiempos sin tiempo. Llegar a tener una responsabilidad de consumo para conseguir un desarrollo en la responsabilidad de vida, es quizá una de las pocas vías posibles para no dejar de crecer de forma continuada, aunque sólo sea hasta la muerte.



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