Afasia

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Todo empezó el mismo día que Soledad aterrizó en el aeropuerto de la ciudad. Allí, mientras cruzaba la puerta giratoria hacia la calle, notó que algo no andaba bien con su oído y lo atribuyó a una mala descompresión del avión. Pero en el bus que la llevaba hacia el centro, Soledad pudo comprobar que algo más grave le sucedía porque no oía las conversaciones del resto de pasajeros. Todo indicaba que sus oídos no funcionaban. Meses después de su llegada a la ciudad, el problema auditivo de Soledad persistía, pero además había empeorado. Llevaba tanto tiempo sin oír que también dejó de poder hablar. Según los especialistas, era la falta de input lo que afectaba al output, lógico, aunque Soledad desatendía cualquier hipótesis médica porque esos mismos especialistas le habían asegurado, meses atrás, una rápida recuperación. Soledad, quien tan sólo reproducía sonidos inteligibles para los demás, acabó por codificar una serie de gestos y expresiones faciales que le permitían comunicarse entre amigos y conocidos. Debido a esto, claro, Soledad adquirió fama de excéntrica, pero no le importaba demasiado porque, en realidad, estaba convencida de que al dejar de socializarse verbalmente su mundo interior crecía. Una tarde, mientras Soledad paseaba por el parque, se encontró por casualidad con un amigo de la infancia. “Caramba, Soledad, cuánto tiempo sin verte. ¿Cómo estás? Me parece que la última vez que nos vimos fue antes de que vinieras aquí para aprender el idioma. ¿Y qué, cómo lo llevas?¿Lo dominas ya?”, le dijo su amigo. Soledad, que por primera vez en varios años oía lo que le decían, sintió además que podía responder con palabras. Entonces Soledad miró a su amigo, abrió la boca y se encogió de hombros.

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