Love Bombing

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Foto: David Lladó | Imatges.net

“Los peores tiranos son los que saben hacerse querer” Spinoza

Se ha debatido mucho sobre la denominación para describir el maltrato que ejercen los hombres sobre sus parejas o ex parejas de género femenino. Desde violencia de pareja, donde no se incluye de forma clara las parejas que ya no lo son, violencia doméstica que es poco precisa ya que muchas no viven bajo el mismo techo, violencia de género, la más conocida que proviene de una traduón literal del inglés ‘gender violence’, a violencia contra las mujeres y violencia machista, ésta última bastante aceptada en la actualidad pues entre un 95% y un 98% son ejercidas contra las mujeres y, sobre todo, porque el machismo es el concepto que de forma más general define las conductas de dominio, control y abuso de poder de los hombres sobre las mujeres, que su vez, viene impuesto por un modelo de masculinidad que aún está valorado por partes de la sociedad como superior. Esto no quiere decir que las mujeres no utilicen estos instrumentos del poder y ejerzan violencia sobre los hombres, ya que la violencia carece de géneros, o que las parejas homosexuales no la padezcan, pero la raíz de dichos problemas viene dados por una cultura patriarcal basado en un dominio racista.

Paso a paso se han ido consiguiendo pequeños peldaños legislativos que traen tras de sí cambios necesarios para la defensa y protección de las víctimas: el 31 de julio de 2003 se instauró en España la Ley Integral contra la Violencia de Género, que entró en vigor el 2 de agosto del mismo año; un hecho pionero a nivel europeo, para prevenir y erradicar la violencia sobre la mujer, que compagina el ámbito civil y el penal, medidas de protección a las mujeres y a sus hijas e hijos, y medidas cautelares para ser ejecutadas con carácter de urgencia. Se modificó el Código Penal al definir la violencia en los siguientes términos: “El que habitualmente ejerza violencia física o psíquica sobre quien sea o haya sido su cónyuge o persona que esté o haya estado ligada a él de forma estable por análoga relación de afectividad aún sin convivencia (…)”. El 28 de diciembre del siguiente año se establece la Ley Orgánica 1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, donde se reconoce y perfilan toda una serie de derechos a las mujeres víctimas de la violencia de género. A nivel catalán se aprobó el 16 de abril de 2008 la Llei del dret de les dones a eradicar la violència masclista, aprobada por el Gobierno de la Generalitat de forma unánime, donde se definen las cuestiones básicas sobre la violencia machista, su prevención, detención, erradicación, asistencia, protección, prestaciones económicas, etc.

Todos estos avances han logrado visibilizar realidades que desgraciadamente aún perduran, a pesar del auge feminista que lucha por la igualdad entre mujeres y hombres. Incluso, gran parte de esta violencia se ha hecho más sutil, manteniendo los estereotipos que aún perduran en lo más profundo de la raíz cultural. Las mujeres al encontrase culturalmente en una posición de inferioridad , tienen más facilidad para quedar atrapadas en una relación abusiva, porque su puesto en la sociedad está más cercano al grado de sumisión. Es evidente que una estructura violenta de estas características no se daría sin un entrono social proclive a ello.

Aunque es importante puntualizar que se entiende por violencia. La violencia no es sólo el signo de una agresión física. Incluso ésta puede no considerarse como tal dependiendo del contexto. Violencia tampoco es, o al menos no se agota en expresiones como fuerza, rivalidad, agresividad, ira, conflicto o incluso depredación, más propio de instintos animales, y que mantenemos los humanos como tales. Lo que caracteriza a la violencia es la asimetría, el hecho de no reconocer la realidad del otro, el negar su integridad, considerándolo como un objeto para poder someterlo y controlarlo en pro de un poder. El perfil más común de violencia machista comienza con un control sistemático del otro, luego con celos patológicos, que rechazan la realidad, que devienen en acoso para, finalmente, acabar en humillaciones y denigración.

El vehículo más importante del agresor para ejercer la violencia es a través de un proceso psicológico. La mayor parte de las veces, la violencia física aparece cuando la mujer se resiste a la violencia psicológica (la raíz de todo), aunque ésta última sea la más silenciada. Aunque las agresiones físicas han sido un punto importante de inflexión, por eso no es casualidad que los malos tratos fueran el motor para definir las primeras situaciones de violencia machista donde habían “más que golpes”. Matizando un poco más, insisto que el quid del problema se esconde en todo el aparato de control y dominio que lleva al aislamiento de la víctima y a su ataque de autoestima, que la paraliza y la impide comprender lo que está viviendo, quedando anuladas sus capacidades de reacción (al igual que sucede con los lavados de cerebro en sectas). Por este motivo y, a pesar del asunto delicado que trae consigo la privacidad, el entorno tiene que plantearse su postura ante situaciones inconcebibles, ya que ellxs son una de las pocas vías que tienen las víctimas para escapar.

In memoriam Mónica G.M.

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