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Eran las dos de la madrugada y Simón se retorcía en la cama tratando que la fricción de las mantas emulara el calor de otro tiempo, aquél en el que no estaba solo.

Habían transcurrido cinco meses desde su separación, pero Simón no había logrado acostumbrarse a las noches. Ir a la cama para acostarse, actividad tan apacible en compañía, se había convertido para él en un vía crucis nocturno y, por ello, se retorcía.

Y mientras lo hacía esa noche, Simón no dejaba de pensar en un libro en concreto, uno que la profesora de primaria le había hecho leer para la clase de lengua.

El libro, que Simón recordaba a medias, narraba las aventuras y desventuras que una adolescente experimentaba en su propia piel después de que un buen día se levantara encarnada en un cuerpo adulto. Una experiencia, y esto era lo que más angustiaba a Simón, que ayudaba a la adolescente a madurar y a entender el comportamiento de los mayores.

Simón, a quien recordando la historia se le dibujaba un rictus de tinte cínico en su cara, pensaba ahora que el argumento no era tan bizarro como le había parecido treinta años atrás.

Él mismo, de forma similar pero a la inversa, y después de acabar con una relación de quince años, creía seguir encarnado en su propio cuerpo, atrapado en un viejo recipiente, pero alterado y confuso como en la adolescencia.

Retrotraído simbólicamente al pasado, Simón se preguntaba sobre el conocimiento que debía aportarle su experiencia, pero como era incapaz de encontrarle algún sentido, seguía retorciéndose en la cama.

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