Editorial

A ritmo de swing

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No hay música que describa mejor los diferentes tipos de tiempo que el jazz. Y no hay mejor relato que El Perseguidor de Julio Cortázar para comprender que el texto, si es capaz de impregnarse de ritmo, también se puede mover en distintos planos.

En un intento de prosa creativa, el bebop es la tensión rítmica que llena los espacios y altera la habitual percepción uniforme de las cosas. Es el acento, el flujo, la improvisación. Todo ello está entre las líneas del texto, en sus pausas, en los saltos narrativos. Por su lado, el off-beat es la distancia entre dos beats (unidades de tiempo pulsado), que los niega y crea todo tipo de variantes. Me alejo de la base (en jazz hablaríamos de standards), vuelvo a la base. Eso es el relato.

La mezcla de ambos, lo que hace posible que una prosa sea verosímil y poética a la vez, es el swing, porque el swing garantiza la pluralidad de ritmos. Se trata de la garantía que los planos fijos y las variaciones sean capaces de encajar. Cuando el milagro ocurre, tan sólo queda bailar. Y, entonces, se vive un agosto para no olvidar.

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