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Algunos insospechados gestos dejan entrever tras de si rupturas, unas rupturas capaces de marcar los grandes acontecimientos, aquéllos que perfilan nuevas líneas en las palmas de las manos, tan imperceptibles en ese momento, que ni los quirománticos son capaces de leer. Algunos “yos” despiertos entienden esos significados presentes, esas nuevas líneas en las manos perfiladas, porque tienen una desarrollada intuición más cerca de lo inteligible que de la voluntad irracional con tintes románticos de otoño. Pero normalmente no son los que apestan a incienso barato y se hacen llamar videntes por la gracia de dios. No. Estafadores que no saben distinguir la ayuda del fraude andan lejos de saber leer los gestos de índole más oculto, imperceptibles pero no por ello misteriosos per se. Los gestos están ahí y simplemente hay que prestarles atención, aunque la hipermetropía atañe a las mentes más predispuestas con su turbación, como ha dicho tantas veces Jodorowsky, el sabio de la retórica, afirmando que todxs somos genios en potencia al nacer, susceptibles a ser coartados mientras crecemos por el entorno, que nos reduce a la vulgaridad. Y es que, quien no se consuela es por que no quiere. La intuición, esa gran desconocida que ha sido tildada demasiadas veces como algo superficial, ayuda a dirigir la mirada hacia el hecho insospechado cuán detective. Esa es su única gran función. Y es la herramienta común de todo genio que ha sabido conservar (o buscar) lo más preciado, su singularidad como núcleo del alma, para que otras personas puedan expresarse a través de su genialidad dotada de un alto grado de intuición. Dotada de arte para ver. Pero también dotada con potencialidad para dominar y castigar.

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