
En primer lugar, resulta incomprensible que alguien haya decidido que el último filme de François Ozon no se titulaba originalmente Le refuge sino Mon refuge. Sé que es una chorrada, pero no entiendo por qué nadie se toma la libertad de cambiar el título de una película (o de lo que fuere), a lo que se añade que el susodicho refugio es el de dos personas, Mousse, la protagonista, y el hermano del que fuera su pareja.
Mousse y su novio llenan solos los primeros quince minutos de metraje metiéndose toda la droga que sus obstruidas venas pueden tragar y buscando algún hueco libre por el que meter la jeringa. Él muere por sobredosis y ella roza su misma suerte. En la clínica le informan de que, además, está embarazada. Eso parece cambiar las cosas, pero sin duda lo que provoca el giro existencial es la reunión con la familia del fallecido, que le pide que les dé el bebé para que no se críe con una drogadicta. Decide irse al sur de Francia a la casa familiar para estar sola y desintoxicarse. Pero hasta allí va también el hermano del fallecido, que ya de paso, como es homosexual, vive un amor de verano con un simpático chico.
El sucio y terrible inicio da luego paso a una límpidas imágenes que nos desubican, lo cual no sería del todo malo si el director tuviese a partir claro a partir de ahí qué es exactamente lo que quiere contar, porque se enreda en asuntos que luego no parecen importantes, en personajes que no importan y en situaciones que no aportan nada (como mucho un guiño a Rohmer). El final es posiblemente lo más imprevisible del filme, pero no es consecuente con la propia narración, ya que después del aparente cambio de Mousse no se acaba de entender que huya de su propio hijo. Sin embargo, es un filme para los amantes de ese cine tan francés -aunque no todo el cine francés sea así- que hace del drama intimista una especie de estudio siquiátrico en la que es el espectador el que tiene dar sentido a las incoherencias del guión y rellenar con sus sentimientos la pasmosa frialdad con la que se capta cada imagen y se retrata a los personajes. Rohmer o Truffaut lo hicieron más de una vez, a veces bien y a veces no tan bien, pero siempre tuvieron el detalle de hacerlo con sentimiento.



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